viernes, 14 de julio de 2017

Hablando de Comidas (Número Uno)



Por Baneste


Recién llegado a la extendida y agradable ciudad de San José, en el estado de california, en la recta final del siglo veinte, obtuve un empleo en una imprenta que estaba al lado de un nuevo restaurante que exhibía en su fachada un típico rótulo de Pollo Campero. Estando tan próximo a mi sitio de trabajo, no tardé mucho en visitarlo, y durante estuve empleado en ese lugar, lo visité varias veces no de manera asidua. En una de las ocasiones en que almorcé allí, el dueño del restaurante, que era un tipo alto de tez blanca, más bien de aspecto europeo que de típico salvadoreño, se sentó a la mesa que yo ocupaba y comenzamos una plática de la cual solamente recuerdo una pregunta que le formulé, no por lo interesante de mi cuestionamiento, sino por lo revelador de sus respuestas.

—Este pollo —le dije, hablando con franqueza, —sabe bien; pero ¿por qué no tiene el sabor único del Pollo Campero de El Salvador?
—¿Querrá decir —me dijo —el Pollo Campero que sirven en El Salvador?
—Sí; el de El Salvador.
—No es de El Salvador —me aseguró. —El Pollo Campero es de Guatemala, con franquicias en El Salvador  y otros países.

“¡Vaya!”, pensé yo. “¡Qué ignorante soy!.” “¿No será cierto también lo que me han dicho que la sencilla pero sentida canción Verónica no es original de Los Beats de El Salvador, sino de un melancólico cantautor mejicano llamado Víctor Iturbe?”


—En cuanto al sabor —continuó el empresario —nunca nadie, aquí en Estados Unidos, podrá igualar el original. Y eso es mejor para la clientela.
—¿Y eso por qué? —le pregunté.
—Por la simple y sencilla razón de que en Centroamérica usan un ingrediente que es prohibido en este país, por considerársele nocivo para la salud —me respondió.

Obviamente su revelación fue muy instructiva para mí, haciéndome recapacitar sobre lo desventajoso que es vivir en un país subdesarrollado, en donde a las autoridades les importa un comino la salud de la gente.

Algún tiempo después cuando ya trabajaba en otra ciudad y mi rutina era diferente, tuve el deseo de visitar otra vez el Pollo Campero, que estaba en la calle Santa Clara, no muy lejos del centro de la ciudad de San José. Pero al llegar al lugar me sentí desilusionado porque el restaurante ya no estaba allí; un negocio diferente ocupaba el local. La verdad es que nunca vi que llegaran muchas personas a comer a ese restaurante, a pesar de la buena atención y deliciosa comida, que no solamente se limitaba al pollo.

Unos años después, cuando ya vivía en la ciudad de San Francisco, del mismo estado de California, abrieron un restaurante Pollo Campero en la calle Misión, próximo a la calle veinticuatro. Curiosamente, ese local se atesta de clientes algunos  días, especialmente a la hora del almuerzo, y mucho más los fines de semana; lo confirman las colas que se forman a la entrada. Yo entré una vez recién abierto y no me gustó. Para ese tiempo ya no conservaba memoria del sabor original, de modo que no puedo asegurar si el pollo servido allí sabe o no sabe igual. Pero la nostalgia por el producto que se considera del lugar nativo es muy poderosa cuando se vive en un país diferente, en el que nunca dejaremos de sentirnos un tanto extraños, especialmente si llegamos ya siendo adultos, y al encontarnos en un lugar que nos rememora "lo nuestro", logramos revivir (aunque sea por un momento) el sentimiento de pertenecencia. Y abarrotamos esos lugares, y compramos esos productos, concediéndole importancia secundaria a la calidad.




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