jueves, 21 de septiembre de 2017

Celebraciones en Este Día

Hoy se celebra el Día Internacional de la Paz.





*** En Esta Fecha ***

Jueves, 21 de septiembre de 2017

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País               Celebración
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Armenia                 Día de la Independencia
Bahrain                  Año Nuevo Islámico
Belice                    Día de la Independencia
Bosnia-Herzegov.   Nacimiento de la Virgen María
India                      Inicio de Navaratri
Israel                     Rosh Hashana
Malta                     Día de la Independencia
Filipinas                 Día de Acción de Gracias
Qatar                     Año Nuevo Islámico
Arabia Saudita       Año Nuevo Islámico
Varios                   Día Internacional de la Paz
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(Elaborado en base a Calendar Magic).

lunes, 18 de septiembre de 2017

Rimas Amétricas (II)

Por Baneste

                     II

Había una vez un indio forzudo
que podía más que una yunta de bueyes,
y era un esclavo concienzudo
de los muy españoles reyes.

Al terminar la colonia prosiguió
de ese indio la descendencia
y el sistema explotador no cambió
pese a toda resistencia.

Y continuó el indio sumergido
en aquella impuesta ignorancia,
en religioso cristiano convertido,
adorador de la extravagancia.

Y aunque hubo algunos alzamientos
de indígenas enajenados,
aquél indio sin aspavientos
continuó siendo dominado.

Porque la famosa dominación
no es impuesta sino adoptada
y en verdad nubla la razón
de la persona afectada.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Celebraciones en Esta Fecha

Hoy se celebra el Día de la Constitución y la Ciudadanía en Estados Unidos.



 *** En Esta Fecha ***

Domingo, 17 de septiembre de 2017

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País                     Celebración
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Angola                 Día del Héroe Nacional
Estados Unidos    Día de la Ciudadanía/Constitución
Suiza                    Día de la Federación
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(Elaborado en base a Calendar Magic).

 

jueves, 7 de septiembre de 2017

La Corneta de Llaves (Uno)


Cuento viejo, pero buenísimo.

LA CORNETA DE LLAVES


Por Pedro Antonio Aloarcón

Querer es poder.

                                        I

¡Don Basilio, toque usted la corneta, y bailaremos! —Debajo de estos árboles no hace calor….
—Sí, sí…, don Basilio: ¡toque usted la corneta de llaves!
—¡Traedle a don Basilio la corneta en que se está enseñando Joaquín!
—¡Poco vale!...—¿La tocará usted, don Basilio?
—¡No!
—¿Cómo que no?
—¡Que no!
—¿Por qué?
—Porque no sé.
—¡Que no sabe!...—¡Habrá hipócrita igual!
—Sin duda quiere que le regalemos el oído....
—¡Vamos! ¡Ya sabemos que ha sido usted músico mayor de infantería!...
—Y que nadie ha tocado la corneta de llaves como usted….
—Y que lo oyeron en Palacio..., en tiempos de Espartero....
—Y que tiene usted una pensión….
—¡Vaya don Basilio! ¡Apiádese usted!
—Pues, señor…. ¡Es verdad! He tocado la corneta de llaves; he sido una… una especialidad, como dicen ustedes ahora…; pero también es cierto que hace dos años regalé mi corneta a un pobre músico licenciado, y que desde entonces no he vuelto... ni a tararear.
—¡Qué lástima!
—¡Otro Rossini!
—¡Oh! ¡Pues lo que es esta tarde, ha de tocar usted!...
—Aquí, en el campo, todo es permitido….
—¡Recuerde usted que es mi día, papá abuelo!...
—¡Viva! ¡Viva! ¡Ya esta aquí la corneta!
—Sí, ¡que toque!
—Un vals….
—No…, ¡una polca!...
—¡Polca!... ¡Quita allá! —¡Un fandango!
—Si…, si…, ¡fandango! ¡Baile nacional!
—Lo siento mucho, hijos míos; pero no me es posible tocar la corneta….
—¡Usted, tan amable!...
—Tan complaciente….
—¡Se lo suplica a usted su nietecito!...
—Y su sobrina….
—¡Dejadme, por Dios! —He dicho que no toco.
—¿Por qué?
—Porque no me acuerdo; y porque, además, he jurado no volver a aprender….
—¿A quién se lo ha jurado?
—¡A mí mismo, a un muerto, y a tu pobre madre, hija mía!

Todos los semblantes se entristecieron súbitamente al escuchar estas palabras.
—¡Oh!... ¡Si supierais a qué costa aprendí a tocar la corneta!...—añadió el viejo.
—¡La historia! ¡La historia! (exclamaron los jóvenes.) Contadnos esa historia.
—En efecto…. (dijo don Basilio.) —Es toda una historia. Escuchadla, y vosotros juzgareis si puedo o no puedo tocar la corneta….

Y sentándose bajo un árbol rodeado de unos curiosos y afables adolescentes, contó la historia de sus lecciones de música.

No de otro modo, Mazzepa, el héroe de Byron, contó una noche a Carlos XII, debajo de otro árbol, la terrible historia de sus lecciones de equitación.

Oigamos a don Basilio.

                                           II

Hace diez y siete años que ardía en España la guerra civil.

Carlos e Isabel se disputaban la corona, y los españoles, divididos en dos bandos, derramaban su sangre en lucha fratricida.

Tenía yo un amigo, llamado Ramón Gamez, teniente de cazadores de mi mismo batallón, el hombre mas cabal que he conocido…. —Nos habíamos educado juntos; juntos salimos del colegio; juntos peleamos mil veces, y juntos deseábamos morir por la libertad…. —¡Oh! ¡Estoy por decir que el era más liberal que yo y que todo el ejército!... Pero he aquí que cierta injusticia cometida por nuestro Jefe en daño de Ramón; uno de esos abusos de autoridad que disgustan de la más honrosa carrera; una arbitrariedad, en fin, hizo desear al Teniente de cazadores abandonar las filas de sus hermanos, al amigo dejar al amigo, al liberal pasarse a la facción, al subordinado matar a su Teniente Coronel….—¡Buenos humos tenía Ramón para aguantar insultos e injusticias ni al lucero del alba!

Ni mis amenazas, ni mis ruegos, bastaron a disuadirle de su propósito. ¡Era cosa resuelta! ¡Cambiaría el morrión por la boina, odiando como odiaba mortalmente a los facciosos!

A la sazón nos hallábamos en el Principado a tres leguas del enemigo.

Era la noche en que Ramón debía desertar, noche lluviosa y fría, melancólica y triste, víspera de una batalla.

A eso de las doce entró Ramón en mi alojamiento. Yo dormía.

—Basilio….—murmuró a mi oído.
—¿Quien es?
Soy yo.—¡Adiós!
—¿Te vas ya?
—Si; adiós.

Y me cogió una mano.

—Oye… (continuó); si mañana hay, como se cree, una batalla, y nos encontramos en ella….
—Ya lo sé: somos amigos.
—Bien; nos damos un abrazo, y nos batimos en seguida.
—¡Yo moriré mañana regularmente, pues pienso atropellar por todo hasta que mate al Teniente Coronel! —En cuanto a tí, Basilio, no te expongas…. —La gloria es humo.
—¿Y la vida?
—Dices bien: hazte comandante…. (exclamó Ramón.)

La paga no es humo…, sino después que uno se la ha fumado…. —¡Ay! ¡Todo eso acabó para mí!

—¡Que tristes ideas! (dije yo no sin susto.) —Mañana sobreviviremos los dos a la batalla.
—Pues emplacémonos para después de ella….
—¿Dónde?
—En la ermita de San Nicolás, a la una de la noche. —El que no asista, será porque haya muerto. —¿Quedamos conformes?
—Conformes.
—Entonces…. ¡Adiós!...
—Adiós.

Así dijimos; y después de abrazarnos tiernamente, Ramón desapareció en las sombras nocturnas.

                                        III

Como esperábamos, los facciosos nos atacaron al siguiente día.

La acción fue muy sangrienta, y duró desde las tres de la tarde hasta el anochecer.

A cosa de las cinco, mi batallón fue rudamente acometido por una fuerza de alaveses que mandaba Ramón….

¡Ramón llevaba ya las insignias de Comandante y la boina blanca de carlista!...

Yo mande hacer fuego contra Ramón, y Ramón contra mí: es decir, que su gente y mi batallón lucharon cuerpo a cuerpo.

Nosotros quedamos vencedores, y Ramón tuvo que huir con los muy mermados restos de sus alaveses; pero no sin que antes hubiera dado muerte por sí mismo, de un pistoletazo, al que la víspera era su Teniente Coronel; el cual en vano procuró defenderse de aquella furia….

A las seis la acción se nos volvió desfavorable, y parte de mi pobre compañía y yo fuimos cortados y obligados a rendirnos….

Condujerónme, pues, prisionero a la pequeña villa de…, ocupada por los carlistas desde los comienzos de aquella campaña, y donde era de suponer que me fusilarían inmediatamente….

La guerra era entonces sin cuartel.

                                         IV

Sonó la una de la noche de tan aciago día: ¡la hora de mi cita con Ramón!

Yo estaba encerrado en un calabozo de la cárcel pública de dicho pueblo.



Pregunté por mi amigo, y me contestaron:

—¡Es un valiente! Ha matado a un Teniente Coronel. Pero habrá perecido en la última hora de la acción….
—¡Cómo! ¿Por qué lo decís?
—Porque no ha vuelto del campo, ni la gente que ha estado hoy a sus órdenes da razón de él….

¡Ah! ¡Cuánto sufrí aquella noche!

Una esperanza me quedaba…. Que Ramón me estuviese aguardando en la ermita de San Nicolás, y que por este motivo no hubiese vuelto al campamento faccioso.

—¡Cual será su pena al ver que no asisto a la cita! (pensaba yo.) —¡Me creerá muerto!—¿Y, por ventura, tan lejos estoy de mi última hora? ¡Los facciosos fusilan ahora siempre a los prisioneros; ni más ni menos que nosotros!...

Así amaneció el día siguiente.

Un Capellán entró en mi prisión. Todos mis compañeros dormían.

—¡La muerte!—exclamé al ver al Sacerdote.
—Sí—respondió éste con dulzura.
—¡Ya!
—No: dentro de tres horas.

Un minuto después habían despertado mis compañeros.

Mil gritos, mil sollozos, mil blasfemias llenaron los ámbitos de la prisión.

                                        V

Todo hombre que va a morir suele aferrarse a una idea cualquiera y no abandonarla más.

Pesadilla, fiebre o locura, esto me sucedió a mí.—La idea de Ramón; de Ramón vivo, de Ramón muerto, de Ramón en el cielo, de Ramón en la ermita, se apoderó de mi cerebro de tal modo, que no pensé en otra cosa durante aquellas horas de agonía.

Quitáronme el uniforme de Capitán, y me pusieron una gorra y un capote viejo de soldado.

Así marché a la muerte con mis diez y nueve compañeros de desventura….

Solo uno había sido indultado… ¡por la circunstancia de ser músico!—Los carlistas perdonaban entonces la vida a los músicos, a causa de tener gran falta de ellos en sus batallones….

 —Y ¿era usted músico, don Basilio?
—¿Se salvó usted por eso?—preguntaron todos los jóvenes a una voz.
—No, hijos míos…. (respondió el veterano.) ¡Yo no era músico!

Formose el cuadro, y nos colocaron en medio de el….

Yo hacía el numero once, es decir, yo moriría el undécimo….

Entonces pensé en mi mujer y en mi hija, ¡en ti y en tu madre, hija mía!

Empezaron los tiros….

¡Aquellas detonaciones me enloquecían!

Como tenia vendados los ojos, no veía caer a mis compañeros.

Quise contar las descargas para saber, un momento antes de morir, que se acababa mi existencia en este mundo….

Pero a la tercera o cuarta detonación perdí la cuenta.

¡Oh! ¡Aquellos tiros tronarán eternamente en mi corazón y en mi cerebro, como tronaban aquel día!

Ya creía oírlos a mil leguas de distancia; ya los sentía reventar dentro de mi cabeza.

Y las detonaciones seguían!
—¡Ahora!—pensaba yo.
Y crujía la descarga, y yo estaba vivo.
—¡Esta es!...—me dije por último.

Y sentí que me cogían por los hombros, y me sacudían, y me daban voces en los oídos….
Caí….

No pensé más….

Pero sentía algo como un profundo sueño…. Y soñé que había muerto fusilado.

La corneta de Llaves (Dos)

                                        VI

Luego soñé que estaba tendido en una camilla, en mi prisión.
No veía.

Lléveme la mano a los ojos como para quitarme una venda, y me toqué los ojos abiertos, dilatados…. —¿Me había quedado ciego?

No…. —Era que la prisión se hallaba llena de tinieblas.

Oí un doble de campanas…, y temblé.

Era el toque de Ánimas.

—Son las nueve…. (pensé.) —Pero ¿de que día?

Una sombra más obscura que el tenebroso aire de la prisión se inclinó sobre mí.

Parecía un hombre….

¿Y los demás? ¿Y los otros diez y ocho?

¡Todos habían muerto fusilados!

¿Y yo?

Yo vivía, o deliraba dentro del sepulcro.

Mis labios murmuraron maquinalmente un nombre, el nombre de siempre, mi pesadilla….

—¡”Ramón”!
—¿Qué quieres?—me respondió la sombra que había a mi lado.

Me estremecí.

—¡Dios mío! (exclamé.)—¿Estoy en el otro mundo?
—¡No!—dijo la misma voz.
—Ramón, ¿vives?
—Sí.
—¿Y yo?
—También.
—¿Donde estoy? —¿Es esta la ermita de San Nicolás? —¿No me hallo prisionero? —¿Lo he soñado todo?
—No, Basilio; no has soñado nada. —Escucha.

                                        VII

Como sabrás ayer maté al Teniente Coronel en buena lid….

—¡Estoy vengado! —Después, loco de furor, seguí matando…, y maté… hasta después de anochecido…, hasta que no había un cristino en el campo de batalla….

Cuando salió la luna, me acordé de ti. —Entonces enderecé mis pasos a la ermita de San Nicolás con intención de esperarte.

Serían las diez de la noche. La cita era a la una, y la noche antes no había yo pegado los ojos…. —Me dormí, pues, profundamente.

Al dar la una, lancé un grito y desperté.

Soñaba que habías muerto….

Miré a mi alrededor, y me encontré solo.

¿Qué había sido de tí?

Dieron las dos…, las tres…, las cuatro….—¡Qué noche de angustia!

Tú no parecías….

¡Sin duda habías muerto!...

Amaneció.

Entonces dejé la ermita, y me dirigí a este pueblo en busca de los facciosos.

Llegue al salir el sol.

Todos creían que yo había perecido la tarde antes….

Así fue que, al verme, me abrazaron, y el General me colmó de distinciones.

En seguida supe que iban a ser fusilados veintiún prisioneros.

Un presentimiento se levantó en mi alma.

—¿Será Basilio uno de ellos?—me dije.

Corrí, pues, hacia el lugar de la ejecución.

El cuadro estaba formado.

Oí unos tiros….

Habían empezado a fusilar.

Tendí la vista…; pero no veía….

Me cegaba el dolor; me desvanecía el miedo.

Al fin te distingo….
¡Ibas a morir fusilado!
Faltaban dos victimas para llegar a ti….
¿Qué hacer?

Me volví loco; di un grito; te cogí entre mis brazos, y, con una voz ronca, desgarradora, tremebunda, exclamé:

—¡Este no! ¡Este no, mi General!...

El General, que mandaba el cuadro, y que tanto me conocía por mi comportamiento de la víspera, me preguntó:

—Pues que, ¿es músico?

Aquella palabra fue para mi lo que sería para un viejo ciego de nacimiento ver de pronto el sol en toda su refulgencia.

La luz de la esperanza brillo a mis ojos tan súbitamente, que los cegó.

—¡músico (exclamé); sí…, sí…, mi General! ¡Es músico! ¡Un gran músico!

Tú, entretanto, yacías sin conocimiento.

—¿Qué instrumento toca?—preguntó el General.
—El… la… el… el…; ¡sí!... ¡justo!..., eso es…, ¡la corneta de llaves!
—¿Hace falta un corneta de llaves?—pregunto el General, volviéndose a la banda de música.

Cinco segundos, cinco siglos, tardó la contestación.
—Sí, mi General; hace falta—respondió el Músico mayor.
—Pues sacad a ese hombre de las filas, y que siga la ejecución al momento….—exclamó el jefe carlista.

Entonces te cogi en mis brazos y te conduje a este calabozo.

                                        VIII

No bien dejó de hablar Ramón, cuando me levanté y le dije, con lágrimas, con risa, abrazándolo, trémulo, yo no sé cómo:

—¡Te debo la vida!
—¡No tanto!—respondió Ramón.
—¿Cómo es eso?—exclamé.
—¿Sabes tocar la corneta?
—No.
—Pues no me debes la vida, sino que he comprometido la mía sin salvar la tuya.

Quédeme frío como una piedra.

—¿Y música? (preguntó Ramón.) ¿Sabes?
—Poca, muy poca…. —Ya recordarás la que nos enseñaron en el colegio….
—¡Poco es, o, mejor dicho, nada! —¡Morirás sin remedio!...¡Y yo también, por traidor…, por falsario! —¡Figúrate tú que dentro de quince días estará organizada la banda de música a que has de pertenecer!...
—¡Quince días!
—¡Ni más ni menos! —Y como no tocarás la corneta….(porque Dios no hará un milagro), nos fusilaran a los dos sin remedio.
—¡Fusilarte! (exclamé.) ¡A tí! ¡Por mí! ¡Por mí, que te debo la vida! —¡Ah, no, no querrá el cielo! Dentro de quince días sabré música y tocaré la corneta de llaves.

Ramón se echo a reír.

                                         IX

—¿Qué más queréis que os diga, hijos míos?
 En quince días… ¡oh poder de la voluntad! En quince días con sus quince noches (pues no dormí ni reposé un momento en medio mes), ¡asombraos!... ¡En quince días aprendí a tocar la corneta!

¡Qué días aquellos!

Ramón y yo nos salíamos al campo, y pasábamos horas y horas con cierto músico que diariamente venía de un lugar próximo a darme lección….

—¡Escapar!... — Leo en vuestros ojos esta palabra…. —¡Ay! ¡Nada más imposible!
—Yo era prisionero, y me vigilaban…. Y Ramón no quería escapar sin mí.

Y yo no hablaba, yo no pensaba, yo no comía….

Estaba loco, y mi monomanía era la música, la corneta, la endemoniada corneta de llaves….

¡Quería aprender, y aprendí!

Y, si hubiera sido mudo, habría hablado….
Y, paralítico, hubiera andado….
Y, ciego, hubiera visto. ¡Porque quería!
¡Oh! ¡La voluntad suple por todo! —QUERER ES PODER.
Quería: ¡he aquí la gran palabra!
Quería..., y lo conseguí. —¡Niños, aprended esta gran verdad!
Salvé, pues, mi vida y la de Ramón.
Pero me volví loco.
Y, loco, mi locura fue el arte.
En tres años no solté la corneta de la mano.
Do-re-mi-fa-sol-la-si; he aquí mi mundo durante todo aquel tiempo.
Mi vida se reducía a soplar.
Ramón no me abandonaba….
Emigré a Francia, y en Francia seguí tocando la corneta.
¡La corneta era yo! ¡Yo cantaba con la corneta en la boca!
Los hombres, los pueblos, las notabilidades del arte se agrupaban para oírme….
Aquello era un pasmo, una maravilla….
La corneta se doblegaba entre mis dedos; se hacia elástica, gemía, lloraba, gritaba, rugía; imitaba al ave, a la fiera, al sollozo humano…. —Mi pulmón era de hierro.
Así viví otros dos años más.
Al cabo de ellos falleció mi amigo.
Mirando su cadáver, recobré la razón….
Y cuando, ya en mi juicio, cogí un día la corneta… (¡qué asombro!), me encontré con que no sabía tocarla….

¿Me pediréis ahora que os haga son para bailar?

Madrid, 1884.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Exigen el Regreso de Activista Desaparecido en Argentina


Millares de personas en Argentina han salido a la calle en varias ciudades, instando al gobierno a garantizar el regreso seguro de un activista de derechos humanos indígena, que se dice que desapareció mientras estaba bajo custodia policial.

Los manifestantes marcharon el viernes en la Plaza de Mayo frente al palacio presidencial de la capital, Buenos Aires, pidiendo al gobierno que haga más para encontrar a Santiago Maldonado, de 28 años, un mes después de ser detenido por la policía durante una manifestación por los derechos indígenas en el sur del país.

El 1 de agosto, Maldonado viajó a la provincia argentina de Chubut, en la región sur de la Patagonia, para unirse a una protesta contra el desalojo del grupo mapuche de tierras pertenecientes a la compañía italiana de confecciones Benetton y detenido por las fuerzas de seguridad por bloquear un camino. Él no se ha visto desde entonces.

Muchos de los activistas de derechos humanos y miembros de organizaciones sociales y políticas que participaron en la marcha del viernes tenían fotos de Maldonado en sus camisas, con pancartas y carteles que decían: "¿Dónde está Santiago Maldonado? El estado es responsable."

El hermano del activista desaparecido, Sergio Maldonado, que estaba entre los manifestantes, dijo: "Santiago desapareció tras la violenta represión en la comunidad Mapuche, por lo que son las autoridades las que tienen que dar una respuesta. Desde el principio, lo buscaron como una persona perdida y no está perdido. Está desaparecido." En otras ciudades argentinas también se realizaron manifestaciones similares, exigiendo una investigación oficial sobre el destino de Maldonado.

Amnistía Internacional y Human Rights Watch, así como la Organización de las Naciones Unidas, han expresado que la desaparición del activista requiere una acción urgente del presidente argentino Mauricio Macri. El gobierno de Macri, por su parte, ha ofrecido una recompensa de casi 30,000 dólares por información sobre la desaparición de Maldonado.

Fuente de la Información:
PressTV.com





viernes, 1 de septiembre de 2017

Carta del Conquistador Pedro de Alvarado al Cabildo de Guatemala

Carta del Adelantado Pedro de Alvarado al Cabildo de Guatemala desde el Puerto de la Posesión, Nicaragua, con fecha 20 de enero del año 1534.
 

(En esta reproducción se ha mantenido la ortografía del original. El texto se refiere al viaje que dicho conquistador realizara a Sur América en sus intentos de participar en la conquista del imperio inca).

Vasija aborigen Nicoya (Foto de Ernest Amoroso).

 
Muy Nobles Señores.

Es tanto el amor y naturaleza que con esa provincia he tomado y especial con esa ciudad cuyo hijo me estimo que aunque he procurado simular el dolor de su ausencia no he podido; y puesto que tengo pena y cuidado hallóme por dichoso en ello, porque he conocido que en cuanto viviere temé respeto al noblecimiento e calidad de esa governacion; y asi llevo esto tan á cargo como lo principal de esta armada y conquista que en servicio á Su Magestad prosigo; porque á la verdad general y particularmente desde el mayor al menor tengo por deudos y amigos y les amo y deseo su bien como el propio; y asi pueden ser ciertos que para su bien público mis naos tratarán en sus puertos y que do  yo me hallare y cualquier de vosotros, señores, y de ellos me requieren, conocerán de mis obras que es no fingido este proferimiento, y pues yo forzoso y voluntario quedo obligado. Una cosa solamente os suplico que en esa provincia haya toda concordia y amor y buen zelo al servicio de Su Magestad y bien público como hasta aquí Vuestras Mercedes lo han hecho; y que á Jorge de Alvarado mi hermano y lugarteniente se le tenga el respeto y voluntad que es razón y se conformen con él, por manera que la tierra se conserve, y la justicia sea favorecida y Su Magestad servido y todos honrados y aprovechados, que él terna cuidado de hacer lo mismo con todos; y yo así se lo encomiendo y escribo, y lo confio de el y de vosotros, Señores. Y que asi mismo, si algún enojo ó agravio general ó especialmente de mí se ha recibido mé perdonen Vuestras Mercedes certificándoles siempre fué mi deseo de serviros. Yo me hago á la vela mañana placiendo á Nro. Señor. Con él señores, quedéis, y su divina Magestad me guíe, para que acierte en ensalzamiento de la fé cristiana y servicio Real de Castilla y bien de sus naturales.
Muy grande Merced me harian las vuestras Señores se lo supliquéis por vuestra parte que mi buen suceso será para vuestro servicio.
 

De la tierra do Dios me encaminare escribiré á Vuestras Mercedes larga relación de todo con muestras y fructo de ella; la misma quiero que me deis del estado en que siempre os halláredes y de salud de vuestras muy nobles personas ; las cuales con mayor estado acreciente Nro. Señor como Vuestras Mercedes lo desean.
 

De este puerto de la Possession 20 de Enero de 1534.
A lo que Vuestras Mercedes mandaran,

El Adelantado.

 

Fuente de esta copia:

Museum of the American Indian.
Heye Foundation.


Vocabulario:

Nao: nave, embarcación, barco.
Do: donde, dónde. (Do es un arcaísmo).


martes, 29 de agosto de 2017

Resumen de la Obra Literaria “Tartufo”



Por Esteban Balmore Cruz


Tipo de Obra: Drama.
Autor: Moliere (Jean Baptiste Poquelin, 1622-1673).
Género: Comedia.
Periodo: Siglo XVII.
Ubicación: París, Francia.
Estreno: 1664.

Personajes principales:

Orgón, un acaudalado exfuncionario de la Guardia del rey.
Señora Pernelle, madre de Orgón.
Elmira, esposa de Orgón y madrasta de Mariana y Damis.
Damis, hijo de Orgón.
Mariana, hija de Orgón, pretendida por Tartufo.
Valerio, el pretendiente enamorado de Mariana.
Dorina, sirvienta de Mariana, sagaz y efusiva.
Cleanto, cuñado de Orgón.
Tartufo, un hipócrita e impostor de alto calibre.

Síntesis Literaria

   La familia de Orgón era feliz. Él se casó con Elmira, una mujer mucho más joven que él, que lo adoraba. Su hijo e hija, producto de un matrimonio anterior, adoraban a su madrastra y ella correspondía ese cariño. Mariana, la hija, estaba comprometida para casarse con Valerio, un  joven muchacho muy elegible; y Damis, el hijo, estaba enamorado de la hermana de Valerio.

   Tartufo llegó a vivir a la casa por invitación del mismo Orgón. Este nuevo inquilino era un sinvergüenza arruinado económicamente a quien el confiado Orgón había encontrado orando en la iglesia. Tomándolo en su faceta y pose de religiosidad ferviente, Orgón invitó al hipócrita a vivir en su casa. Como consecuencia, la familia pronto se encontró desmoralizada, ya que una vez establecido, Tartufo procedió a cambiar el modo normal de la vida familiar por uno estrictamente moral, estableciendo un rígido régimen puritano para la familia y persuadiendo a Orgón para que forzara a su hija a romper su compromiso de matrimonio con Valerio, y que en vez de ello la diese a él en matrimonio, aduciendo que la joven necesitaba un hombre piadoso que la condujese en una vida recta.

   Por su parte, Valerio había determinado que Mariana no se casaría con nadie sino con él mismo, pero por desgracia ella era demasiado  débil para oponerse a su padre y al labioso Tartufo. Ante las órdenes de su padre, ella guardaba silencio y apenas discutía débilmente. Como resultado, Tartufo pasó a ser odiado por todos los residentes de la casa, incluyendo a Dorina, la picosa  y franca sirvienta que hizo todo en su poder para romper el dominio que el viejo hipócrita ejercía sobre su joven ama.

   Dorina no solamente odiaba a Tartufo, sino también al asistente de éste, Laurent, quien imitaba  a su patrón en todo. De hecho, la única persona --además de Orgón-- que simpatizaba y aprobaba la conducta de Tartufo era la madre de la Orgón, la señora Pernelle, quien era del tipo de puritanas que desean impedir que otras personas disfruten de los placeres que ellas mismas no pueden gozar. La señora Pernelle desaprobada rígidamente a su nuera Elmira, en su afición por la ropa y diversiones que --según su juicio-- presentaban a la familia un mal ejemplo que Tartufo estaba tratando de corregir.

   La verdad era que Elmira estaba simplemente llena de la alegría de vivir, un hecho que su suegra era incapaz de percibir. El mismo Orgón no era mucho mejor al respecto. Cuando Elmira se enfermó, y fue informado de este hecho, su única preocupación era por la salud de Tartufo; pero éste estaba en buena salud, robusto y rubicundo, comiendo y bebiendo bien, y durmiendo cómodamente en su cama hasta el día siguiente.

   Pero pronto se reveló que los planes seductores de Tartufo no eran realmente para la hija Mariana, sino para Elmira. Un día, después que la esposa de Orgón se había recuperado de su enfermedad, Tartufo se le presentó, alabando su belleza e  incluso se atrevió a poner su gorda mano en la rodilla de la sorprendida Elmira. Damis, hijo de Orgón, observó todo lo que pasó desde el gabinete donde estaba escondido, y furioso, decidió revelar a su padre todo lo que había visto, pero Orgón se negó a creerle.

   El astuto Tartufo había cautivado tanto a Orgón que éste ordenó a Damis a que pidiera disculpas al descarado hipócrita. Cuando su hijo se negó, Orgón lo expulsó de la casa y lo desheredó. Para mostrar su confianza en la honestidad y piedad de Tartufo, Orgón fue más allá y firmó una escritura de fideicomiso poniendo su propiedad bajo la administración de Tartufo, y anunciando a la vez las nupcias de su hija con el impostor. Elmira, por su parte, amargada por el comportamiento de este falso santurrón en su casa, resolvió desenmascararlo, convenciendo a Orgón para que se ocultara debajo de una mesa cubierta con un mantel y ver y escuchar por sí mismo al verdadero Tartufo.

   Entonces ella tentó al hipócrita para que se le declarara, asegurándole que su tonto marido no sospecharía nada. Envalentonado, Tartufo se le declaró abiertamente, no dejando ninguna duda en cuanto a su intención de hacerla su amante. Desilusionado e indignado cuando Tartufo afirmó que Orgón era un completo idiota, el marido salió de su escondite, enrostró al hipócrita y lo echó de la casa. El impostor lo desafió, recordándole que la casa era ahora suya, según la escritura de fideicomiso firmada por Orgón.

   Pero otra cosa atormentaba aún más a Orgón que la posibilidad de la pérdida de su propiedad, y esta era un cofre que le había dado un amigo de nombre Argas, un político delincuente en el exilio. El cofre contenía secretos importantes de estado, cuya revelación significaría cargos de traición contra Orgón y la muerte segura de su amigo. Orgón tontamente había confiado el cofre a Tartufo, y temía el uso que el villano podría hacer de él. El desilusionado Orgón expresó a su cuñado, Cleanto, que en adelante no tendría nada que ver con individuos piadosos, y que en el futuro él los consideraría como la peste. Pero Cleanto le señaló que irse a los extremos era signo de una mente desequilibrada, ya que el hecho de que un vagabundo peligroso se disfrazara como un hombre religioso no era razón para sospechar de toda la religión.

   Muy pronto Tartufo hizo efectiva su amenaza, haciendo uso de su derecho legal para forzar a Orgón y su familia a salir de su casa. La señora Pernelle no podía creer a Tartufo culpable de tal villanía, pero cuando el comisario de policía llegó con el aviso de evacuación, incluso ella llegó a creer que su admirado Tartufo era en verdad un villano. El colmo de la indignidad llegó cuando Tartufo presentó al rey el cofre que contenía los secretos de estado, e inmediatamente se emitieron órdenes de detención contra Orgón. Afortunadamente el rey reconoció a Tartufo como un impostor que había cometido crímenes en otra ciudad, y por lo tanto, tomando en consideración el servicio leal de Orgón en el ejército, el monarca anuló la escritura de fideicomiso que Orgón había hecho concerniente a su propiedad y devolvió el cofre sin haberlo abierto.

sábado, 26 de agosto de 2017

La Recordación Florida o El Olvido del Indio



Por Baneste


Debo decir, antes de continuar, que no siempre me resultó ofensiva la palabra “indio”, aunque con el tiempo (sin enteramente serlo), pasé a sentirme uno de ellos, por el gran aprecio que siempre le tuve a las “inditas”, y los bebecitos y bebecitas “inditos”, cuya miseria me impactaba y mitigaba la mía. Llegué con el transcurso del tiempo a preguntarme el por qué un judío se declara ofendido porque le llamen “judío”, y un negro porque le llamen “negro”. En el primer caso cuidadosa y delicadamente debes decir “víctima del holocausto” (las masacres de palestinos son otra cosa); y en el segundo, debes decir “afroamericano”.

Yo, al contrario (vuelvo a repetir, sin serlo), no me sentiría ofendido de que me llamaran “indio”, sin proceder de la India, ni de Pakistán, ni de Malasia. Mi orgullo se fundamentaría en los relatos históricos de una raza heroica, que con gran desventaja enfrentó al desalmado, terrorista, asesino, conquistador español. Claro, al ser conocedor solamente de un lado de la historia; la falsa historia escrita por el cruel vencedor. O más bien dicho, por su descendiente más astuto, más sagaz, más visionario, más vil; el conflictivo, bifronte, ambivalente, sicofante, que toda la gente llegó a conocer como “criollo”.

Hace mucho abogo por erradicar el término “indio” cuando se trate de referirse al habitante original del continente que los europeos nombraron América, para venerar a un europeo: Américo Vespucio. Prefiero y promuevo los términos, en su orden, “indígena”, “aborigen”, “habitante original”. No obstante de ello, recalco, que nunca me sentiría ofendido porque alguien me llame “indio”.

Todo esto viene al caso para citar lo que fue el valor del indígena americano; en particular, el centroamericano, y en específico, el guatemalteco, tal vez el más vilipendiado durante la conquista y época colonial. El fragmento lo extraigo de una obra que en mi opinión debería ser de lectura obligatoria en todas las aulas de estudio en Centroamérica y más allá. Se trata del libro “La Patria del Criollo”, del autor Severo Martínez Peláez, quien a su vez en dicha libro analiza el fondo de la obra titulada “Historia de Guatemala, o Recordación Florida”, entre otras, para explicar la época colonial como formativa de la patria del criollo.

El enmarcamiento de este brevísimo fragmento es el siguiente: El Criollo, es decir, el engendro de español y española nacido en tierra americana, representado en su máxima expresión en el autor de La Recordación Florida, el encomendador, terrateniente latifundista, funcionario perpetuo del sistema de dominio imperial, Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, se refiere a un hecho en el que resalta su fanático rechazo por las prácticas paganas indígenas, y la manifestación de las mismas, pese a la imposición del severo control español y criollo, que depositaban toda su confianza en el buen trabajo de los “doctrineros”, es decir, los frailes misioneros, que a toda costa se esforzaban por hacer creer a los indígenas que sus desgracias eran producto de fuerzas sobrenaturales, o la voluntad de Dios.


Iba de camino Fray Marcos Ruíz por las sierras de Huehuetenango a dar la misa a los pueblos de su visita, cuando llegaron a sus oídos las campanas del encumbrado pueblo de San Juan Atitlán. Pensó que podrían estar repicando para hacerle recibimiento, según era costumbre, pero como se encontraba lejos todavía, se dirigió antes a otros pueblados de su itenirario. Llegado por fin a San Juan observó con sorpresa que las cofradías no salían a su encuentro, y que a la entrada del pueblo no había acudido nadie a recibirlo. Sin hacerse notar llegó hasta la iglesia. Hallábase ésta muy adornada y llena de aromas, y el pueblo estaba allí, entusiásticamente embebido en los pormenores de un rito sorprendente. 
Se le rendía culto y se le hacían ofrendas a un indio joven, mudo y simple en extremo, a quien se había ataviado con las vestiduras sacerdotales del rito católico y se había colocado en el altar mayor. El fraile –"hallando como Moisés pervertido su rebaño"– no pudo menos que interrumpir la ceremonia con enérgicas palabras y explicar a los “indios” la magnitud de aquel pecado para él atroz. Pero no quisieron escucharle. Se fueron saliendo del templo hasta dejarlo solo y se llevaron al aborigen mudo a otro sitio. Quiso entonces Fray Marcos apresar a aquel hombre para remitirlo a las autoridades, y con semejante veleidad puso en grave peligro su existencia: "irritado el pueblo contra él, le acometieron con machetes, palos y piedras para quererle matar, saliendo no sin grande ayuda de Dios, en uña de caballo de entre las manos de aquellos bárbaros obstinados..."

Era la forma en que el aborigen sometido expresaba su rebeldía, su odio de clase contra el opresor sanguinario y voraz. Algo muy digno de recordar y admirar.

Pero ahora me da mucho pesar cuando veo a numerosos grupos de personas de ascendencia indígena principalmente procedentes de Centroamérica, particularmente de Guatemala y México, ingresando jubilosaa las llamadas "casas de oración", los templos de las incontables sectas evangélicas que abundan aquí en Estados Unidos, y al entrar las he visto caer postradas ante un pícaro pastor (probablemente un exconvicto) que no disimula una sonrisa malévola, contento en su interior del sometimiento de sus fieles pagadores del diezmo.