lunes, 28 de marzo de 2016

De Qué Modo los Gobernantes Deben Cumplir sus Promesas


"El Príncipe" es y ha sido el libro de cabecera de la mayoría de elementos de la corrupta clase política actual y del pasado, lo cual explica su demagogia, desfachatez e hipocresía. En esta traducción de un extracto de dicho libro, se ha sustituido el sustantivo príncipe por gobernante, ya que eso es lo que el autor quiso significar al utilizar dicho término. Este fragmento contiene una de las lecciones más célebres de Maquiavelo.

Por Nicolás Maquiavelo (1469-1527)


Nadie deja de comprender cuán digno de alabanza es el gobernante que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez; pero la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los gobernantes que han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado grandes empresas.

Digamos primero que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda, de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un gobernante debe saber entonces comportarse como bestia y como hombre. Esto es lo que los antiguos escritores enseñaron a los gobernantes de un modo velado cuando dijeron que Aquiles y muchos otros de los gobernantes antiguos fueron confiados al centauro Quirón para que los criara y educase. Lo cual significa que, como el preceptor es mitad bestia y mitad hombre, un gobernante debe saber emplear las cualidades de ambas naturalezas, y que una no puede durar mucho tiempo sin la otra.

De manera que, ya que se ve obligado a comportarse como bestia, conviene que el gobernante se transforma en zorro y en león, porque el león no sabe protegerse de las trampas ni el zorro protegerse de los lobos. Hay, pues, que ser zorro para conocer las trampas y león para espantar a los lobos. Los que sólo se sirven de las cualidades del león demuestran poca experiencia. Por lo tanto, un gobernante prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante observancia vaya en contra de sus intereses y cuando hayan desaparecido las razones que le hicieron prometer. Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero como son perversos, y no la observarían contigo, tampoco tú debes observarla con ellos. Nunca faltaron a un gobernante razones legítimas para disfrazar la inobservancia. Se podrían citar innumerables ejemplos modernos de tratados de paz y promesas vueltos inútiles por la infidelidad de los gobernantes. Que el que mejor ha sabido ser zorro, ése ha triunfado. Pero hay que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular. Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.

No quiero callar uno de los ejemplos contemporáneos. Alejandro VI nunca hizo ni pensó en otra cosa que en engañar a los hombres, y siempre halló oportunidad para hacerlo. Jamás hubo hombre que prometiese con más desparpajo ni que hiciera tantos juramentos sin cumplir ninguno; y, sin embargo, los engaños siempre le salieron a pedir de boca, porque conocía bien esta parte del mundo.

No es preciso que un gobernante posea todas las virtudes citadas, pero es indispensable que aparente poseerlas. Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas, útil. Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo serlo efectivamente; pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario. Y ha de tenerse presente que un gobernante, y sobre todo un gobernante nuevo, no puede observar todas las cosas gracias a las cuales los hombres son considerados buenos, porque, a menudo, para conservarse en el poder, se ve arrastrado a obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión. Es preciso, pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las circunstancias, y que, como he dicho antes, no se aparte del bien mientras pueda, pero que, en caso de necesidad, no titubee en entrar en el mal.

Por todo esto un gobernante debe tener muchísimo cuidado de que no le brote nunca de los labios algo que no esté empapado de las cinco virtudes citadas, y de que, al verlo y oírlo, parezca la clemencia, la fe, la rectitud y la religión mismas, sobre todo esta última. Pues los hombres, en general, juzgan más con los ojos que con las manos, porque todos pueden ver, pero pocos tocar. Todos ven lo que pareces ser, mas pocos saben lo que eres; y estos pocos no se atreven a oponerse a la opinión de la mayoría, que se escuda detrás de la majestad del Estado. Y en las acciones de los hombres, y particularmente de los gobernantes, donde no hay apelación posible, se atiende a los resultados. Trate, pues, un gobernante de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos; porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse. Un gobernante de estos tiempos, a quien no es oportuno nombrar, jamás predica otra cosa que concordia y buena fe; y es enemigo acérrimo de ambas, ya que, si las hubiese observado, habría perdido más de una vez la fama y las tierras.
 

jueves, 24 de marzo de 2016

La Historia de los Tres Papas


¿Sabía usted que en el desarrollo histórico de la iglesia católica hubo un periodo en el que coexistieron tres pontífices dirigiendo esa poderosa institución al mismo tiempo?

Por Baneste

El Papa Bonifacio VIII
Una de las razones que explica el fervor religioso de muchísimas personas en el mundo es el desconocimiento de la historia de la evolución de su respectiva religión, ya que todas las religiones –sin excepción – han tenido sus procesos accidentados, y el catolicismo ocupa un lugar destacado al respecto, siendo uno de los pasajes más resaltantes el periodo en que simultáneamente ejercieron el poder tres diferentes papas (1409-1417).

El antecedente más lejano de este asombroso hecho se remonta a los inicios del siglo XIV, durante el papado de Bonifacio VIII (1294-1303), que estaba más involucrado en la política de la aristocracia romana y rumorados escándalos que en un liderazgo espiritual. Este Papa se vio enfrentado al rey Felipe IV de Francia (1285-1314), quien desafió el control papal de la iglesia católica en su país, a la que intentó imponerle un impuesto para financiar sus guerras. Bonifacio prohibió el proyectado impuesto, pero el monarca francés respondió ordenando la prohibición de las exportaciones de oro y plata, diezmando de manera eficaz los ingresos papales provenientes del país más rico de Europa en esa época. El papa cedió permitiéndole al rey la imposición de un impuesto a la propiedad de la iglesia en tiempos de guerra “justa”.

Sin embargo, el rey Felipe (apodado “el hermoso”) no se contuvo con eso y se propuso ir más lejos trayendo ante una corte francés a un prelado acusado de traición, poniendo en el tapete el exasperante asunto de la inmunidad clerical con respecto a las cortes seculares. Ante esto, el Papa Bonifacio VIII reaccionó emitiendo la más vigorosa reafirmación de la supremacía papal sobre los gobernantes seculares, la bula titulada Unam Sanctam, en el año 1302, en la que se declaraba que la espada esgrimida por monarcas terrenales estaba subordinada al poder de la espada espiritual asida por los herederos de San Pedro, por lo que “declaramos, establecemos, definimos y pronunciamos enfáticamente necesario para la salvación de toda criatura humana sujetarse al Pontífice romano.”

El rey francés (reconocido como un destacado expansionista del poder real en su país) contraatacó de una manera menos diplomática, y valiéndose de los adversarios del papa en la propia Roma, conspirando con ellos, envió un escuadrón de agentes bajo el mando de Guillaume de Nogaret, cuya misión era “arrestar” a Bonifacio y traerlo a juicio como un falso pontífice. La estratagema no dio el resultado inmediato esperado porque pobladores italianos comunes se unieron para repeler a los extranjeros; pero Bonifacio murió a un mes de esta desagradable visita, probablemente debido al impacto psicológico (y tal vez golpiza) causados por los esbirros del obstinado rey.

La culminación de este particular conflicto de poder resultó en la designación de un prelado de nacionalidad francesa al papado.  Felipe IV, bajo el argumento de evitar interferencias papales en asuntos de estado en el futuro, se las ingenió para que el francés Clemente V (1305-1313) fuera electo papa. Este nuevo pontífice no se estableció en Roma, sino en la ciudad francesa de Aviñón, en la región sur de Francia, en la que pasó a ser vista por los cristianos de esa época como “la segunda Babilonia” llena de mundanidad y corrupción, y en el que resultó ser un exilio papal de Roma que se extendió por más de setenta años (1305-1378).

Para ponerle fin al interinato papal en Aviñón, el entonces Papa Gregorio XI regresó a Roma,  lugar en donde murió, en 1378. Fue entonces que se produjo lo que se conoció como el Gran Cisma de la iglesia católica romana (1378-1417). Bajo la presión de masas insurrectas que exigían que el trono papal no se trasladara nuevamente a la ciudad francesa de Aviñón, el Colegio de Cardenales (integrado mayoritariamente por franceses), eligió un pontífice italiano, Urbano VI (1378-1389). Inmediato a su designación, Urbano desató un declarado ataque contra el estilo lujoso de vida, los abusos financieros y otras tantas desviaciones de la jerarquía eclesiástica, provocando con ello el retiro de los cardenales franceses, quienes eligieron a otro papa (francés, por supuesto), Clemente VII (1378-1394), trasladándose otra vez a Aviñón. Por su parte, Urbano se quedó en Roma y convocó un Colegio de Cardenales italianos.

De esta manera los cristianos de esa época pasaron a tener dos papas, cada cual por su lado alegando ser el legítimo heredero de San Pedro, poseedor de las llaves del paraíso celestial. Pero además de esto, ambos pontífices exigían aportaciones económicas de las iglesias; excomulgáronse el uno al otro y trajeron gran zozobra a los pobres creyentes que consideraban la salvación de su alma en gran peligro si se equivocaban al apoyar al papa incorrecto. Coincidentemente este desagradable hecho se produjo en los momentos en que Europa enfrentaba las calamidades de la hambruna, la plaga y la guerra.

Este hecho también provocó que muchos fieles cristianos desalentados por la mundanidad en la que su religión se estaba hundiendo, se alejaran de la iglesia oficial dedicándose a devociones privadas o nuevas prácticas heréticas. Los gobernantes, entretanto, se vieron confrontados ante el dilema de tener que escoger a cuál papa apoyar. Francia, indudablemente, apoyaba la dirección de Aviñón; e Inglaterra reconoció la de Roma; mientras que el denominado Santo Imperio Romano (que en realidad era alemán), primero apoyó a un papa, y más después al otro.

Surgió entonces el movimiento conciliar en la primera mitad del siglo XV, basado en la convicción de que un concilio de la iglesia podía, al mismo tiempo, ponerle fin al cisma y reformar la institución. En el pasado, el Concilio de Nicea del año 325, y el Cuarto Concilio Laterano  del Papa Inocente III en 1215, habían resuelto graves problemas de manera exitosa; el experimento podría funcionar otra vez.

En este marco se realizó el Concilio de Pisa, en 1409, en el que se determinó firmemente la destitución de los papas de Roma y Aviñón; y en el que se eligió a un nuevo pontífice que se radicó en esa ciudad de Pisa. Los destituidos, sin embargo, no aceptaron su destitución y el mundo cristiano de ese tiempo pasó a tener tres papas. Y no fue hasta que se convocó el Concilio de Constanza (1414-1418) que se produjeron resultados más efectivos. Este concilio fue convocado ante la insistencia del emperador del mal llamado Santo Imperio Romano, y siendo apoyado por los reyes de Francia e Inglaterra, reunió teólogos y principales de la iglesia que lograron cumplir satisfactoriamente con algunos de sus objetivos, principalmente, la destitución de los papas de Pisa y Roma, de manera inmediata, y forzando el colapso del papado de Aviñón en un lapso de doce años, a través de retirarle todo tipo de apoyo.

De este modo se generaron las condiciones para el cónclave que eligió a un nuevo jerarca, el Papa Martín V (1417-1431), quien estableció nuevamente el papado único en Roma. Por otra parte, el Concilio de Constanza no efectuó ninguna reforma, puesto que fue disuelto prontamente por el nuevo pontífice; pero definitivamente logró su objetivo principal que era, sin duda alguna, la eliminación de la existencia de los tres papas.

Referencias

Absolute Monarchs: a history of the papacy, John Julios Norwich

The Three Popes, Marzieh Gail.

The Western World Prehistory to the Present, Anthony Esler.

viernes, 18 de marzo de 2016

El Milagro en Río Seco



Otro breve relato en la serie "Las Memorias del Chero Juan"

Por Yasser

Debido al avance del conocimiento humano cada vez son más pocas las personas que creen en la posibilidad de la ocurrencia de milagros, o que explican fenómenos naturales como sucesos de acción divina. Aunque la superstición y la mitología son tan prominentes en muchas regiones del mundo actual como lo fueron en su tiempo en la antigua Grecia o Roma (o, para no ir tan lejos, en nuestra América aborigen), en la actualidad el ser humano diligentemente busca una causa natural para explicarse algún fenómeno en particular. Ahora las personas averiguan, analizan el hecho desde varios ángulos, hacen comparaciones, y, si después de todo no encuentran una explicación satisfactoria, no concluyen inmediatamente de que se trata de algo milagroso, sino de un suceso por el momento de causa desconocida. Esto lo traigo a colación por algo que me ocurrió durante la guerra interna en El Salvador.

A principios de enero de 1990, estando como encargado político de una pequeña unidad guerrillera, maniobrando en los caseríos y cantones de la zona de Río Seco, después de la gran ofensiva denominada Al Tope y Punto, nos vimos rodeados por gran cantidad de tropas enemigas. Los soldados de la Fuerza Armada venían en persecución de las fuerzas rebeldes que habían ocupado gran parte de la ciudad de San Miguel durante nueve días. Al atardecer se posicionaron en las colinas aledañas y empezaron a patrullar en diferentes direcciones. Nosotros éramos ocho elementos (incluyendo "radista") que conformábamos una de dos escuadras dejadas en aquella zona, en la retaguardia de la retirada. Nos habíamos ubicado en un sitio de mediana altura en comparación con las elevaciones circundantes; había bastantes árboles que nos proveían cobertura, aunque el lugar resultaba altamente peligroso porque parecía un lunar en medio de aquellos parajes deforestados. Enfrente de nosotros, a un poco más de una cuadra de distancia, estaba una casa donde había un pozo que nos había estado proveyendo de agua. El propietario de la vivienda era un campesino que vivía solo y había expresado simpatía por nuestra causa; pero muchas veces ocurría que al presentarse el enemigo intimidante por su reconocida crueldad hacia la población civil, esa "simpatía" se esfumaba como el genio en la lámpara maravillosa que se encontró Aladino.

Después de la caída en combate de Rubén Crespín, el dibujante del taller central de Prensa y Propaganda, ocurrida unos días antes, yo tenía la certeza que mi cadáver quedaría en aquella zona, por lo que el miedo a la muerte me había abandonado por completo. Pero un temblor helado me recorrió el cuerpo cuando observé un grupo de soldados aproximándose a la casa, por una callejuela polvosa que descendía de un cerro aledaño. Se me ocurrió que el habitante de la choza nos delataría, o que aquella patrulla había sido asignada para posicionarse en el lugar que nosotros ocupábamos. Pude ver que mientras algunos soldados ingresaban a la vivienda, otros se dirigieron al pozo a llenar sus caramañolas de agua sin dejar de mirar hacia la arboleda que nos cubría. Sus estúpidas carcajadas y griterío indiscernible podíamos escuchar desde nuestro escondite, donde nos habíamos posicionado con los cañones de nuestros fusiles apuntando en su dirección. No obstante, después de un largo rato de desgastadora tensión y agotante ansiedad, la unidad enemiga se reagrupó y se marchó por el mismo camino que había venido. Todos dejamos escapar un suspiro de relajamiento, porque ya estaba oscureciendo y era muy improbable otro movimiento similar durante la noche. Muy probablemente, los soldados que ingresaron a la casa, habían despojado de sus precarios alimentos al pobre jornalero, pues eso es lo que acostumbraban hacer con toda la gente campesina, una de las varias cosas que me indignaban y por las que yo me había hecho guerrillero.

Cuando estás en guerra no es la posibilidad de la muerte lo que te produce miedo, sino otras cosas, como por ejemplo, quedar mal herido y tener que padecer interminables dolores abandonado, o ser capturado y tener que enfrentar la insanidad mental de los torturadores. Quizás por eso, a pesar de la fatídica perspectiva, que no auguraba nada bueno para el siguiente día, o tal vez por el acumulado cansancio de varios días y noches de movimiento contínuo, me dormí como un palo seco y no soñé con nada; y no desperté, sino hasta que me arrancó del profundo letargo la voz del encargado militar de la escuadra, que me dijo: “Ha llegado la orden por radio que debemos retirarnos ya hacia el Cacahuatique, de donde usted será trasladado hacia Morazán porque lo necesitan allá.” No hubo tiempo para pensar en cómo se suponía que íbamos a salir de aquel cerco militar que nos rodeaba; o que para qué me necesitaban en el norte de Morazán, a no ser que para reactivar la Radio Venceremos a nivel local, ya que su entero personal, exceptuándome a mí mismo, había sido enviado a la segura y tranquila comodidad de Nicaragua mucho antes de la ofensiva, y ya no regresarían sino hasta después de la firma de los Acuerdos de Paz para presentarse ante las masas como héroes alucinógenos. A decir verdad, a mí también me habían despachado hacia Managua junto con Ana Lidia, pero estando ya en la ciudad de Guatemala, me emborraché un par de horas antes de abordar el avión, porque para mí era inconcebible irme a refugiar mientras mis hermanos combatientes (a quienes yo había contribuido a motivar para la ofensiva) iban a morir en el frente de batalla. Yo quería estar allí con ellos. Y estuve y no me arrepiento.

Era la medianoche y aunque no había luz de luna el cielo estrellado proporcionaba suficiente claridad como para discernir el camino. El encargado militar de nuestra unidad guerrillera era un conocedor del terreno, no solamente de aquella zona, sino de todo el frente Nororiental. Él mismo tomó la vanguardia de nuestra pequeña columna y nos condujo hasta alcanzar una vereda paralela a la calle que la patrulla enemiga había usado más temprano. Muy cuidadosamente trepamos la ladera hasta alcanzar la cima donde pausamos unos minutos, mientras un par de compas se adelantaron para explorar trincheras. Cruzamos la cresta de aquel pequeño cerro evadiendo los cuerpos de algunos soldados que yacían en el suelo envueltos en sus capotes, durmiendo plácidamente, algunos roncando, otros pedorreando en su sueño. Un olor a cigarrillo podía percibirse en el fresco aire de la noche, y de reojo me pareció haber visto a no muy corta distancia, mientras avanzaba en cuclillas, el brillo de una brasa encendida, como una pequeña luciérnaga roja. Esperaba escuchar disparos en cualquier momento, y mi dedo índice iba listo en el gatillo de mi fusil M-16; si íbamos a morir, moriríamos en combate. Pero nada ocurrió y alcanzamos la ladera del otro lado del cerro.

El descenso fue mucho más rápido que la subida, porque la pendiente era más inclinada y resbaladiza debido a piedrecillas sueltas por aquí y por allá. Llegamos a una vaguada cubierta de matorrales en donde nos detuvimos unos instantes para agarrar aire y soltar la tensa presión que nos agobiaba. Algunos se sentaron en piedras, otros a ras de suelo, y algunos otros se quedaron de pie. Alguien dijo:

- ¡Increíble! ¡No nos detectaron!

- ¡Y el posta estaba fumando! -agregó otro.

- Yo pienso que el posta se ahuevó; tal vez pensó que éramos muchos -opinó alguien más.

- Dormido no estaba, porque los sonámbulos no fuman -aseveró el jefe de escuadra.

- ¡Fue un milagro! ¡Dios nos ayudó! -concluyó el radista.

Yo me quedé en silencio considerando lo expresado por el radio operador que había apagado su aparato durante la riesgosa y osada travesía. Me hizo recordar varios pasajes del antiguo testamento de la biblia en los que se adjudica a Dios sucesos de carácter puramente militar. Hechos que antiguamente eran considerados “milagros”. Por mi parte nunca había sido religioso y jamás en mi vida lo sería, aunque en mi niñez, influenciado por adultos impositivos, tuve la tendencia a creer dudosamente en la existencia de Dios, lo cual durante la guerra desapareció completamente. Mi explicación de aquel extraordinario suceso fue que el centinela de los soldados no nos detectó; estaba de espaldas al punto por donde nosotros pasamos y no tan cerca; de lo contrario, seguramente hubiera alertado a sus compañeros, ya que era su costumbre armar gran escándalo a la más mínima provocación. ¿Quién no recuerda las exageradas balaceras y mortereos con que reaccionaban los batallones de la Fuerza Armada ante un solo disparo hecho por alguno de nuestros compañeros en el tiempo de las pequeñas unidades guerrilleras? Lo hacían por varias razones: indisciplina, miedo, y para deshacerse del enorme cargamento de sus mochilas repletas de munición. Si el posta nos hubiese visto, eso habría pasado con seguridad.

Luego de unos cuantos minutos reiniciamos la marcha hacia el gran cerro Cacahuatique, en la cordillera del mismo nombre, en donde se encontraba Fidel “Zarco”, el jefe de toda aquella zona, y quien varias horas después, nos instruiría sobre nuestro retorno al siempre bello y querido Norte del departamento de Morazán.