jueves, 27 de febrero de 2014

SUZY VIVE EN EL RECUERDO (Y "MARIO" TAMBIÉN)

Por Walter Rivera.

Era el mes de marzo de 1982, y como tal era caluroso. Ese verano estaba dando sus últimos días y daba la impresión de decirnos con su ardiente calor que volvería. La ciudad despertó como siempre con su leve ruido hasta convertirse en un verdadero laberinto cual si fuera un hormiguero.

En aquella casa de clase media, sus cuatro habitantes se movían con rapidez. “Hoy es un día especial”, pensaban. La vivienda estaba habitada por Cristina, Manuel (ambos esposos), su pequeño hijo Ernesto, y Suzy, jovencita de unos veinte años, de estatura pequeña, cabello negro liso recortado a la altura de la nuca; sus ojos eran negros, pequeños y achinados, de complexión delgada; por esas características la llamaban cariñosamente “la Vietnamita”, mujer de extracción humilde y de formación cristiana, lo cual la hacía poseedora de una sencillez natural como el viento. Anteriormente había sido miembro de un grupo religioso. Ese contacto con la cruda realidad de su pueblo, más las enseñanzas y principios cristianos, la llevaron a tomar la decisión de que en El Salvador no había más alternativa que pelear por los cambios, con las armas en la mano.

Cristabel era responsable de un equipo y segunda a cargo de lo que harían ese día. Profesora de profesión de unos veintiséis años; mujer enérgica e imponente, quien todo lo medía desde una óptica militar, pero eso sí, eficiente.

Eran aproximadamente las 8:15 AM; la operación militar estaba programada para las 2:00 PM. Ésta consistía en toma y control de una parte del norte de la ciudad. Cristina revisaba los explosivos, los fulminantes, el traslado, el lugar de entrega. Suzy por su parte revisaba el plan, la recuperación del vehículo, la escojitación del motorista, el tipo de armas, el personal. Manuel revisaba la munición, limpieza de armas, granadas. Cristabel supervisaba el plan general; todo era movimiento allí.

Suzy salió para coordinar con su equipo y el resto continuó con los preparativos, con la emoción que aquello conllevaba. El pequeño Ernesto, entre juegos y travesuras, observaba el ajetreo… No les quedó ni tiempo de almorzar.

El ruido producido por los motores de los vehículos era interminable, ya que vivían cerca de una de las arterias principales de la ciudad. El taller que tenían al lado no dejaba descansar las herramientas eléctricas; los esmeriles devoraban el metal; las bromas de los trabajadores se dejaban escuchar por ratos, y todo el ambiente que rodeaba la casa de seguridad de los revolucionarios, se notaba normal ante el resto de los vecinos.

El reloj devoraba el tiempo. A las 12 meridiano regresó Suzy informando que tenía todo listo, vehículo, motorista, etc. Almorzó algo que se preparó y se sentó a revisar el plan. Cristabel interrumpió diciendo: “Mirá, Manuel, yo ya me voy. Vendré después de la operación. Vos vas a ir a la misión; cada quien lleva su parte; así que vos llevarás el vehículo con el mortero 60 milímetros con doce granadas, y recogerás a Richard diez minutos antes de las 2:00 PM., cerca de la iglesia Don Rúa. No lleves arma personal, ya que Richard las llevará”. “¡Vergón!”, contestó Manuel, y acto seguido se dirigió al embutido donde reposaba el arma de apoyo. Cristabel se despidió, diciendo “nos vemos allá”.

La situación política en el país era tensa. Los efectos de la primer gran ofensiva del frente guerrillero se sentían en el ambiente; ofensiva que enfrentó a un pequeño ejército del pueblo con escasez de medios, recursos y personal, contra uno de los ejércitos más fuertes del área, armado, asesorado y entrenado por la primer potencia del mundo; ejército con más de medio siglo de existencia y que arrastraba tras de sí muchos actos genocidas en contra del pueblo. Las respuestas a toda oposición no se hacían esperar; las capturas contra miembros de los sindicatos, campesinos, estudiantes y sectores progresistas de la iglesia eran terroríficas; reinaba el imperio de los escuadrones de la muerte, grupos paramilitares surgidos del seno de la Fuerza Armada y financiados por los millonarios para combatir a toda oposición política en el país. Eran las noches más negras de la historia.

A la 1:00 PM, Manuel arregló el arma de apoyo en el vehículo, ayudado por Cristina, y repasó la dotación del mismo, bípodes, placa, tubo, mira, granadas, impulsores; todo estaba listo; por momentos el ambiente se saturaba de cierto nerviosismo. Suzy se despidió y le dijo a Cristina “tené listo el material que voy a regresar”, y salió par ir a traer el vehículo. En ese momento regresó Suzy un poco agitada y le dijo a Manuel “se me olvidaba decirte que yo llegaré con Richard, y te lo llevas vos. Yo me iré en el otro vehículo; así que allí me esperas según la hora acordada”. “Está bien”, contestó Manuel, y Suzy salió perdiéndose entre la gente por la avenida. Manuel y Cristina se dieron un beso de despedida; besó al pequeño Ernesto y se encaminó al vehículo, alcanzando a escuchar cuando Cristina le dijo “¡Cuídate!”. Ocupó el lugar frente al timón, introdujo la llave y se dejó escuchar el ruido del motor; se dieron otro adiós con la mano y enfiló sobre la calle. “¡Puta!”, pensó Manuel, “ojalá no me pare algún retén”, y tomó rumbo al centro de la ciudad. Era la 1:15 PM; tenía que cruzar el centro. Continuó pensando “espero que Richard y Suzy lleguen a la hora exacta”.

Atravesó la ciudad sin problemas, sumido en sus pensamientos y con los sentidos alertas. Faltando 15 minutos para las 2:00 PM, se estacionó en una pequeña calle al costado norte de la iglesia. Se sentía un poco nervioso; la situación no era para menos; con los patrullajes de la Fuerza Armada; los cuerpos de seguridad del régimen... Observaba por el espejo retrovisor; puso la radio para tratar de relajarse y se arrellanó en el asiento; prendió un cigarrillo; estaba listo para esperar. Faltando 5 minutos para la hora indicada, doblaron por la esquina hacia él, Suzy y Richard. Éste se notaba que traía entre sus manos un bulto. “¡Hola, Manuel!”, dijo Suzy con su característica jovial, “¿hace ratos veniste?”. “No”, contestó Manuel, “hace poco”. “¡Hola, Richard! ¿Qué ondas?”. “Tranquilo”, contestó aquel, “¿y vos?”, preguntó. “¡Vergón y listo!”, respondió Manuel. Richard se sonrió y mostró su dentadura blanca... Richard, joven de unos 24 años, moreno, pelo negro liso, aproximadamente de 1.75 de estatura, complexión regular, ojos negros y alegres, de carácter sereno, pero de alta convicción y contextura ideológica.

“Mira”, dijo Suzy, “ya es tarde y la Cristabel parece que ocupó el carro que yo tenía. Así que me tengo que ir. Por aquí veré a Mario que quedó de traer otro vehículo. Así que ustedes dénle ya”. “Okay”, contestó Manuel, y Suzy se encaminó al lugar del contacto. Richard entró al vehículo y se acomodó en el asiento delantero, y le dijo a Manuel “¿traés el volado?”. “¡Sí, hombre, está en el baúl!”. “¡Puta!”, dijo Richard, “¿allí lo traés?”. “¡Simón, man, así no nos cuesta sacarlo, ya viene listo!” “¡Vergón!”, dijo Richard, y acto seguido, extrajo de un saco de manta una sub ametralladora UZI y se la puso sobre las piernas, y le entregó a Manuel una pistola calibre 45 milímetros, así como la dotación de munición. “Bueno”, dijo Manuel, “de estas me gustan”. En eso estaban cuando vieron que Suzy regresaba y se dirigió a Manuel, diciéndole “mira, a las 5:00 PM me recoges aquí”. “De acuerdo”, contestó aquel, y Suzy desapareció del lugar. “Mira”, dijo Richard con tono dudoso, “¿trajiste todo?”. “¡Sí! Revisemos, pero rápido, porque ya son las 2:00 PM”, contestó Manuel. Ambos se bajaron del auto. Manuel introdujo a llave en la cerradura del baúl y éste se abrió. Richard -experto artillero- hizo una rápida revisión con la vista y comentó “¡está bien! ¡vámonos!”. Los dos abordaron el vehículo, y Manuel lo enfiló hacia el objetivo. En la esquina vieron a Suzy hablando con Mario que había llegado en el microbus. Se dieron un último adiós con la mano. Manuel orientó el auto hacia la calle rumbo a Mejicanos. El tráfico era normal; el semáforo del área se puso en rojo; en la esquina una pareja de policías del régimen observaba el tráfico. Richard aprisionó la Uzi; Manuel hizo lo mismo con su arma y detuvo el vehículo. Ambos establecieron una plática sobre trivialidades para disimular un poco la presión. El aparato dio la luz verde y continuaron la marcha hacia el lugar indicado. Ya era tarde; se habían pasado 10 minutos de la hora señalada. Llegaron a la colonia Universitaria Norte y Manuel estacionó donde indicó Richard. Ambos bajaron; el personal de seguridad ya estaba en la zona, así como el resto del equipo artillero. Rápidamente Manuel abrió el baúl y Richard tomó la placa e impartió algunas órdenes al resto. Los habitantes del lugar se quedaron asombrados de lo que miraban... En sus labios bailoteaba una sonrisa cómplice de lo que allí se estaba desarrollando. Inmediatamente Richard se tendió con la placa del arma, y el otro compañero procedió a colocar el tubo; otro, el bípode; mientras otro y Manuel, descargaban las granadas. Richard clocó el seguro del tubo e instaló la mira; revisó y posicionó las cargas impulsoras. Estaba listo. La operación de montaje duró menos de un minuto; la gente observaba la habilidad de aquellos jóvenes y su audacia.

Procedieron a establecer la barricada con vehículos y tomaron posiciones. El resto de participantes de la acción, estaban todos listos para combatir al enemigo. Richard dio a Manuel una rápida orden, “andate para el lugar indicado; allí te llevamos este volado”. “¡Vergón!”, respondió aquel y procedió a cumplir la orden.

El primer impacto dio en el blanco. Seguidamente procedió a continuar colocando las granadas, una por una, en la boca del tubo de forma rápida. Al interior del cuartel la confusión era notoria, así como las bajas entre sus ocupantes. Se notaba la emoción de Richard al enterarse que estaba dando en el objetivo asignado. La reacción de los soldados comenzó. Éstos iban apoyados por un tanque y tanquetas. El despliegue era impresionante; el régimen desbordaba su arsenal de guerra contra un puñado de jóvenes mal armados, pero dispuestos a morir por la causa revolucionaria.
A los pocos minutos los combates se generalizaron; las armas ocupaban todo el espacio. Los gritos de “¡Revolución o Muerte!” llenaban el ambiente; el olor a pólvora se impregnaba en las fosas nasales; en los labios; en la sangre rebelde de aquellos hombres y mujeres surgidos del seno más humilde del pueblo, enfrentados a la maquinaria de luto y muerte del régimen.

Mientras tanto, Suzy llegó a la casa de Cristina, agitada, y le dijo “mirá, Cristabel ocupó mi vehículo y me atrasó el plan, y ya es tarde. Quizás ya comenzó la acción. Ayudame a llevar las cosas rápido”. Ambas procedieron a trasladar las cargas. Suzy tomó su subametralladora Uzi, un “short”, un suéter negro y un gorro navarone. Estaba lista, pero era tarde. Antes de partir, Suzy comentó a Cristina, “presiento que no voy a regresar donde vos; que ya no nos volveremos a ver”. “¡No!”, dijo Cristina. “No pensés eso; aquí te esperamos”. Suzy abordó el microbus con Mario al timón y emprendieron su viaje al sector del combate. Cristina se quedó pensativa ante aquella premonición.

Manuel estaba nervioso en la calle lateral. El tiempo volaba. Sumido en una serie de pensamientos, vio venir el vehículo con el equipo artillero. Se estacionaron; establecieron la seguridad, y procedieron al transbordo del arma. El personal se retiró; solamente quedaron Richard y Manuel. “¿Cómo salió?”, preguntó Manuel. “Salió bien”, contestó el otro. “¡Vergón, vámonos!”. “OK”, respondió Richard, y ambos subieron al carro y salieron.

Mario cruzó la ciudad; al acercarse al área se escuchaban algunos disparos esporádicos, pero continuaban los combates; los soldados tenían controlada la ruta de acercamiento. Suzy pensaba “¡Tengo que llegar donde los compas!” y le dijo a Mario, “dale; no te detengas”, y éste enfiló el vehículo; al final se veía una barricada; en ese momento un soldado hizo una señal de alto. Mario pisó el acelerador. Se escucharon los rafagazos de fusilería que impactaron en el vehículo y en la humanidad de Mario. El carro, sin control, se subió a la acera y se detuvo. Mario tenía dos impactos de bala en el costado izquierdo; su cuerpo se dobló sobre el timón. Suzy saltó con su arma y estableció combate. Sus ráfagas se escucharon claras, diáfanas; pero aquello era desigual; la pequeña vietnamita enfrentada al poder criminal. El disparo fue certero; era imposible salir de allí; ella lo sabía; lo había dicho al despedirse de Cristina. El impacto penetró en el costado derecho. Suzy cayó al suelo agonizando. En el torbellino de sus pensamientos, uno: “¡Revolución o Muerte!”. Un esbirro se acercó, y con saña dio un violento puntapié en el rostro de la joven guerrillera.

Manuel llegó a la casa donde estaban Cristina y Cristabel. “¿Y Suzy?”, preguntaron. “La voy a recoger a las 5:00 PM por la iglesia. Así que yo sólo dejo esto y salgo”. “Está bien”, contestó Cristabel. Manuel, entonces, abrió el baúl, sacó el mortero y le dijo a Cristina “arreglalo; yo ya me voy”. “Está bien”, respondió ésta.

Manuel cruzó de nuevo la ciudad como un bólido. Algo le presionaba el pecho. Llegó al lugar faltando 10 minutos para la hora, pensando “ojalá que no le haya pasado nada; ya hubiera venido”. No soportó y abordó el vehículo. La zona ya estaba bajo control de la Fuerza Armada; así que se dirigió al lugar y penetró al área. El tanque, las tanquetas, cientos de soldados y policías vestidos de civil se movilizaban. De pronto, cerca de la barricada, un grupo de curiosos rodeaban algo. Manuel vio el microbus; sintió una sequedad y furia, furia de impotencia. “¡Mario!”, pensó, y prosiguió despacio; quería grabarse todo. En medio de los curiosos vio tirado, como descansando, el pequeño cuerpo de Suzy. Los esbirros miraban quiénes eran sus enemigos: mujeres del pueblo. Manuel regresó con el alma partida; llegó y dio la noticia. Incrédulas, Cristina y Cristabel, decían: “Pero, ¿los viste?”. “¿Estás seguro?”. “¡Suzy!”. “¡Sí!”, contestaba Manuel con voz ahogada y pausada.

El cuerpo de Suzy fue reclamado por su familia para darle cristiana sepultura. A los dos días Manuel y Cristina vieron un cortejo fúnebre. Para su sorpresa, era el de Suzy. Lo observaron, se miraron, y en esa mirada hicieron un juramento en silencio: “¡No fallaremos! ¡Hasta siempre comandante Suzy!”. El cortejo se perdió de vista rumbo a La Bermeja. Manuel y Cristina regresaron. Tenían que preparar material explosivo, munición y armas para estar listos para la operación que se avecinaba.

DEDICATORIA

La compañera Suzy tenía el grado de Comandante, dado póstumamente, por su disposición y heroísmo demostrado en la actividad revolucionaria. Es de destacar que la compañera nunca estableció esto (de los grados) como un parámetro entre la relación con el resto de compañeros(as). Por lo tanto, la considero ayer, hoy y siempre, como la compañera Suzy.

Del compañero Mario nunca se supo su nombre legal, ni origen; así que es parte de los que quedarán en el anonimato, pero su consecuencia vive. Para ellos, esto como un reconocimiento a su valor, audacia y amor a su pueblo.

Compas. Fuente de moral política e ideológica para seguir adelante...

Revolución Democrática
Perquín, Morazán, 17 de abril de 1992.

martes, 25 de febrero de 2014

CONMEMORAN A PAKITO ARRIARÁN, "JUANCITO"

(Recibido en el correo electrónico, con una mínima edición)



Compañeras y compañeros:

El pasado 22 de febrero, un grupo de vascos internacionalistas afincados en El Salvador y compañeros de Chalatenango bajamos a la tumba del guerrillero “Juancito”, Pakito Arriarán. Nos reunimos 15 personas, entre ex combatientes y jóvenes.

Mencionarles que el lugar estaba bien oculto, por la cantidad de monte crecido, pero a golpe de machete y buena orientación de los compas guías, se abrió camino y dimos con el espacio, donde antes se había dejado una forja traída desde su pueblo natal Arrasate. Encontramos restos de ikurriñas y de banderas del Frente y de apoyo a los presos vascos, que dejamos en anterior ocasión.

El momento estuvo cargado de mucha emoción y todos los presentes refrendamos el compromiso por la lucha de los Pueblos del mundo, así como lo hizo en su momento Pakito Arriarán, y ante su tumba sencilla, juramos lealtad a sus ideales, tanto en Euskal Herria como en El Salvador.

Por último cantamos el himno del FMLN y el Eusko Gudariak, antes de emprender el camino de regreso, no sin antes dejar una nueva ikurriña en el lugar, esperando regresar próximamente.

Les comparto algunas fotos, por si desean enviarlas a otros compañeros.

La lucha continúa!

Gora Euskadi Askatuta!

Gora El Salvador!


viernes, 21 de febrero de 2014

MARCHA MILITAR CON LOS NICARAGÜENSES II

PARTE II

Por Fidel A. Romero, "Fidel Zarco".
El Quebracho Pando, Actividad de limpieza, Caminata más larga del 7 diciembre de 1980: visita a la familia.

Bien sudado, cansado, hambriento, extenuado, estimulado únicamente por ver a tantos compañeros/as después de aquella prueba de la invasión prolongada a la zona, llegamos con Pedro al Quebracho Pando. El fuerte y brillante sol en el cenit de finales de noviembre que, sumado a la larga caminata en aquellas cuestas y bajadas en caminos difíciles, producía un calor insoportable, llegando a La Guacamaya después de haber estado en aquel invernadero de niebla y una fina llovizna con temperaturas casi de congelación, embutido en aquel bosque cerca de la ciudad hondureña de Marcala. En un pequeño cerro, lleno de tupidos arbustos de chaparro, sobresalía el crecimiento oblicuo de un árbol lleno de follaje, que daba el nombre conspirativo al lugar. Un quebracho creciendo oblicuamente, pando pero con buena sombra. Había bastantes compas reagrupados, quienes expresaron su alegría al ver que llegábamos. “¡Hola, Fidel! ¡Que bueno que estás de nuevo con nosotros!”, decían levantando las manos saludando. Pasamos de largo hasta unas casas a poca distancia donde funcionaba la bodega, cocina y el nuevo puesto de mando de Quincho, Los Cocos.
Vimos un gran movimiento, todos haciendo labores en función de preparar alimentos para el nuevo agrupamiento del lugar, quienes esperaban pacientemente ordenes que cumplir, además de los tiempos de comida respectivos. Faltando unos 50 metros de camino recto para llegar a la puerta de una de las casas, sale una compa corriendo con un guacal de agua diciendo… “¡Ay, cómo venís! ¡Debes traer mucha sed!” a la vez que me ofrecía el guacal de fresca agua. “Toma, te voy a conseguir algo de comer”. Todos vieron la escena y mi gesto de agradecimiento; algo que agradó mi sentir interno, notando de inmediato la diferencia con la anterior casa en donde descansamos la noche anterior. Interpreté como algo más que especial aquel gesto. Al tomar el guacal, Pedro me para haciendo señal con su mano, diciéndome:
-Despacio, doctor, no lo quiero ver vomitando; esa agua debe tomarla en tres tesones… Recordé en ese momento el consejo de Chano cuando subía el Ocote Seco un mes antes.
Entramos a la casa para saludar a todos/as. Quincho y Melo terminaban una reunión; daban instrucciones a unos jefes de pelotón para que se fueran a sus lugares a cumplir tareas. “Tenemos poco tiempo para recoger toda la gente, lo más posible, los esperamos en tres días”. Y se despidieron.
-Hola Fidel, ¿qué tal de hambreadas? Ya nos contó Paco todo lo que has pasado en su columna y también nos informó Emiliano sobre tu buen oído para diferenciar las botas militares con los caballos comiendo barrenillo… Del gran apretón de manos, sentí que me quedó doliendo mi puño derecho. Es costumbre en el campo de apretar fuerte la mano en señal de gran amistad con alegría.
- Todo se nos está juntando. Al parecer los hierros están en camino y necesitamos gente para el traslado y este operativo que nos desbarató las estructuras que teníamos dislocadas, es como una limpia que en poco tiempo estaremos mejor. Ahora tenemos que adaptarnos a otra situación, sobre el camino vemos como vamos saliendo. Al parecer los que estaban no firmes se definen con esta prueba que pasamos. Las brigadas médicas han hecho un gran trabajo y tienen prácticamente el personal completo para la nueva estructuración que se hará para iniciar la ofensiva -comenta Quincho.
Había gran actividad en el lugar. Equipos viajando a misión a toda hora, ejercicios militares a diario, concentración de combatientes estructurándose con sus respectivos jefes, que según el grupo que comandaban, así era la jefatura seleccionada: de escuadra (10 personas), de pelotón (40 personas, 4 escuadras), de sección (2 pelotones), etc. Un día vi una mayor concentración, la mayoría eran parte de la columna con la que había maniobrado por la frontera con Honduras durante el operativo. Al frente estaba Paco que los observaba con atención dando voces de mando, giros, desplazamientos y trotes. Apartaba combatientes formando tres grupos, nombrando jefes y que hicieran lo mismo hasta formar las escuadras de sus pelotones. Al observar que la mayoría eran conocidos, fui a ver cómo era lo de la nueva estructuración. “Ahora sí Fidel. Los hierros están en el sur y sólo necesitamos traerlos para armar a toda esta gente. En adelante todo será diferente”. Fue la última vez que conversé con Paco.
La limpieza de la zona de Morazán.
Al regreso todo estaba cambiado. Había un agrupamiento similar al que lideraba Paco en la maniobra por la frontera con Honduras, en los días de suma carestía y agotamiento, durante la primera gran invasión del ejército recién terminada. Se observaba mayor determinación en aquella milicia, como si el operativo los había cambiado. También había indignación por las casas que encontraron quemadas, algunas familias fueron asesinadas como la de Felipe que sólo se salvó su hijo mayor, Arturo; su esposa, en último mes de embarazo, fue igualmente asesinada con sus pequeños/as. Esto, tenía indignados a todos los acampados en aquel lugar. Felipe canalizaba su dolor componiendo versos y canciones; ese fue el origen de su canción llamada “Casas Quemadas”, que fue cantada durante toda la guerra por los Torogoces de Morazán, grupo musical campesino que se originó en aquel ambiente.
La definición en la población se hacía evidente: personas que aparentaban ser colaboradores de la organización, al ver la tropa aparecer en aquellos lugares se cambiaron de bando e informaron hasta lo que no sabían, se les pasó la mano sin prever consecuencias. Ahora venia la respuesta que también no se sabía hasta donde llegaría en aquella espiral de acusaciones y acciones. Morazán estaba definido, la invasión de octubre fue para definir aquel contingente de habitantes, definidos en dos bandos: FAES o guerrilla. Y empezó la disputa en aquel territorio en serio.
No sólo habían casas quemadas con familias asesinadas, también habían casas abandonadas. Cultivos de sólo recolectar la cosecha estaban tirados, incluyendo animales y aves de corral. Los compas, ni tardos ni perezosos, armaron comisiones de expropiación de aquellas cosechas y animales. La alimentación era rica en proteínas aunque repetitiva. Había poca experiencia en la preparación de la carne, y únicamente había una zopa con carne o hueso cocido en grandes recipientes sobre cocinas improvisadas en el suelo. La B.M. era privilegiada porque siempre le apartaban lo mejor para los heridos en recuperación, pero igual, el personal lo disfrutaba, incluyéndome. Aprendí a asar carne en varitas de madera; al ver mi poca pericia siempre había alguien que lo hacía con gusto por mí. Así conocí a Marta Guevara (la joven del inolvidable gesto del guacal de agua a mi regreso) que aumentaba sus atenciones llenando una necesidad no sentida antes. Ella había recién llegado de San Salvador tres días después del accidente del taller de explosivos; tenía dos hermanos acampados (Hernán y Verónica, brigadista) y sus padres Florinda y Mamerto, habían participado en la concientización y organización de los caseríos del Cerro Pando. Marta lucía diferente al resto, cargando gruesos lentes y su forma urbanizada con modales fraternos y finos; se podía conversar de cualesquier tema con ella; se convirtió de inmediato en la logística y proveedora de la estructura de las Brigadas Médicas.
Cada quien se dedicaba a lo suyo; las estructuras se definían cada vez más; los jefes hacían entrenamiento militar en un campo encubierto llamado La Casona, tratando de no dejar huellas vistas desde el aire. La estructura de la B.M. se agregó al entrenamiento militar en ese lugar. Eran grandes chicharrones1 los que hacíamos, los cuales incluían diferentes avances para atacar o retiradas escalonadas. Después de los ejercicios cada quien se dedicaba a lo especifico que le correspondía. Durante mis dos semanas en ese lugar, al anochecer salían equipos o comisiones con tareas especiales que regresaban de madrugada: a definir la zona, con la guerrilla o en contra de la misma para la tarea de limpia. Entendía lo de las tameguas, limpiar los sembrados, pero ellos se referían a otro tipo de limpia: limpiar de informantes del enemigo o los conocidos comúnmente como “orejas”2. El término limpia no me parecía equilibrado, ya que se carecía de recursos técnicos para verificar categóricamente las faltas cometidas y se prestaba a subjetivismos personales o a aprovechar el momento para resolver vengativamente las rencillas viejas personales. Mi sentir era de preocupación, pero igual nada se podía hacer con aquel contingente radicalizado dispuesto a todo por conquistar un mejor futuro.
Escuchábamos las noticias a diario, a radio Sandino que daba la alarma sobre la captura y el aparecimiento de los cadáveres con señales de tortura de los dirigentes del FDR, el 27 de noviembre de 1980. Fueron secuestrados en San Salvador y asesinados por un escuadrón de la muerte denominado Brigada Anticomunista Maximiliano Hernández Martínez3. Los conocía a todos; había asistido al acto cuando se conformó la CRM y luego el FDR en el auditorio de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la UES. Daban todos los nombres menos el de Leoncio Pichinte, representante de las LP28. También fue escuchada en ese lugar la noticia del asesinato de unas religiosas de nacionalidad norteamericana el 2 de diciembre de 1980 (Ita Ford, Maura Clarke, Dorothy Kazel y Jean Donovan, fueron violadas y asesinadas por soldados de la Guardia Nacional tras salir del Aeropuerto Internacional de San Salvador)4 El impacto producido en todos no podía ser mayor. Se había visto la barbarie en La Guacamaya con las familias asesinadas, y ahora las noticias de los dirigentes del FDR con las monjas estadounidenses, reafirmaban que la guerra era inminente, radicalizando más las posiciones de la insurgencia.
Una mañana, estando al pie del follaje del quebracho, donde habían empotrado una ametralladora Lewis, que el cargador era una rueda, era tan vieja que no estaba seguro si funcionaba, pero igual, servía de moralización de los presentes el ver que se contaba con aquella arma pesada. Esa mañana, aún sin desayunar, observé a un muchacho que venía corriendo en mi dirección, y a corta distancia tras de él, venia otro cargando a un joven en su espalda. No tenían aspecto de acampados, pero si estaban llegando al lugar con esa confianza, era de suponer que eran familiares o colaboradores de los acampados. De inmediato identifico que es mi trabajo; me entra la incertidumbre de cuál sería el posible diagnóstico…
-¿Qué le ha pasado que lo traen cargando….?
-Pues no sabemos, estábamos tameguando los tres en el guatal y de repente cayó y se le está trancando la respiración; lo echamos a la espalda para que lo vea el doctor de los compas.
Sin hacer más preguntas, abro de inmediato mi mochila para sacar los medicamentos y materiales para responder al posible diagnóstico que se desprendía de la respuesta del joven campesino: un shock anafiláctico por picada de animal o insecto.5 Un cuarto de suero endovenoso, una jeringa descartable, una ampolleta de adrenalina mas una frasco de esteroide solucortef. Este era el único tratamiento que había; lo había preparado para este tipo de eventualidad que salvaría la situación al muchacho si se aplicaba con rapidez.
Todo estaba listo en el suelo al momento que lo depositan pegado al tronco del árbol de quebracho. Todas las miradas estaban dirigidas al moribundo en su estado de anafilaxia6, sus gestos eran de poco optimismo al ver lo dificultoso de la respiración y su color azuloso con la piel como la de un sapo. Mientras un brigadista sostenía en alto el bote de suero, le hago unos velos, chequeo observando mientras descubro el antebrazo del inconsciente joven. No había duda, estaba en estado de shock, no había vena visible. En ese entonces tenía fresco los conocimientos de anatomía. Con la aguja del descartable en mi mano derecha y palpando la trayectoria del posible lugar de su vena del antebrazo, hago el pinchón y tomo la vena, en la que es fijada de inmediato la guía con tirro… pensando en voz alta diciendo: “¡Lo más difícil está hecho!” y aplicando el solucortef con la adrenalina… “Si responde en dos minutos, se salva”, adaptando el suero a chorro mientras hablaba. Todos quedaron sorprendidos al ver que el moribundo se incorporaba como asustado viendo hacia todos lados en pocos minutos. “No te muevas hasta dentro de una media hora para ver el total efecto de las medicinas”. Aquello fue tan inesperado ante los ojos curiosos que atribuían poderes milagrosos al joven médico…. algunos se atrevieron a preguntar directamente cómo era que hacia mi trabajo de resucitar moribundos.
-Bien, lo único milagroso que hubo fue que en mi mochila tenía un tratamiento para este tipo de emergencia y que fuimos capaces con el brigadista de aplicárselo al muchacho en el tiempo preciso para salvarle. Si llega 5 minutos más tarde, lo seguro es que estuviera muerto.
En la segunda semana, preparaba el lugar para tender mi plástico y dormir; era de los privilegiados que no hacían posta; nadie me despertaba, a menos por una emergencia en el campamento. Llega el posta con un correo comunicando que había una enferma, esposa de un compa, a dos horas de camino, que estaba grave pariendo un bebé. Me sentía descansado y en forma; mis fuerzas habían sido recuperadas por la abundante proteína que consumía, más el ejercicio físico militar diario. Sin pensarlo me pongo mis deteriorados zapatos, mochila a mi espalda y salimos. La zona era estable y se tenía control; según informe escrito en el correo por el jefe, se permitía alumbrar libremente. Empieza a caer una tormenta a cántaros, el plástico para cubrirme estaba roto por los caliches donde había sido tendido por todo el tiempo del operativo. Empapado hasta los zapatos, llegamos a media noche donde la parturienta. El niño había nacido desde el mediodía, lo chequeo y veo un bebé sano; pregunto cuál era la emergencia para lo cual me habían llamado.
-No ha sacado la otra parte después del niño -me responde un señor que por su aspecto era el padre de la mujer. Tenía experiencia acumulada en mis rotaciones en el hospital de maternidad, pero nunca había visto un caso así y, mucho menos en lo rural. Hay casos que la placenta no sale porque esta insertada en la capa cerosa y se llama placenta increta. Es raro, pero cuando sucede se debe practicar una histerectomía decía el doctor Miro York, que anunciaba no haber visto alguna en su práctica como ginecólogo, renegando mentalmente porque tenía que ser en esas condiciones de ver una... No había forma como confirmarlo.
-Esto será una emergencia si no sale en las próximas horas, le haré un masaje en el vientre y si al amanecer aun esta dentro esta placenta, mi consejo es que la suban a una hamaca y la lleven a la Unidad de San Francisco Gotera.
-Nos han dicho que usted puede curarla.
-No en este caso. Llévenla a Gotera temprano y avísenme en el campamento cualesquiera sea el resultado.
Preocupado por no haber resuelto, caminábamos de regreso al Quebracho, llegaríamos en la madrugada. De pronto vemos una luz que se desplaza rápido en dirección nuestra como si alguien corría. El guía me dice que alguien esta siguiéndonos pero que podría ser de la casa que visitamos. Nos detenemos, pero en posición de alerta.
-Ya sabía yo que no era necesario llevarla a gotera. Usted la curó con sus manos cuando la estuvo masajeando. Cuando ustedes salieron empezó a llorar de dolor, como si venia otro niño, y salió la placenta; me apresuré para avisarle que usted la curó... Gracias por lo que hace por nosotros en La Guacamaya.
Todavía mojado llego a buscar dónde dormir, sin tener un plástico ni otra muda de ropa para cambiarme. Al llegar al lugar acostumbrado donde dormía, encuentro que alguien lo ocupaba. Era Marta que había arreglado el lugar y esperaba para ofrecer el calor necesitado. Amanecí solo en aquel plástico y lugar, todos estaban en el ejercicio rutinario, el pantalón estaba seco, alguien lo llevó a la cocina para secarlo en la madrugada. Ese día me dispensaron el ejercicio por estar trasnochado.
A media mañana se arma un alboroto, llegan Alberto e Isaac. Venían cansadísimos por el viaje. Alberto traía una vara de bordón; se miraban molidos por el esfuerzo. “No quise irme dejando esto; soy de padres salvadoreños, nacido en Nicaragua”, me comentó Isaac. “Ya veremos de a cómo nos toca con los hierros que luego tendremos. Los demás ya deben estar en Tegucigalpa”.
Reflexionaba en lo inminente de la ofensiva y en no saber de la familia sin espacio suficiente para ir a verles. Almorzando en la casa de Los Cocos, recibo de Melo, el mando político de Morazán, una cajetilla de cigarrillos.
-Toma estos cigarros Fidel; aunque no fumes aquí en estos montes algo hay que hacer para entretenerse. Ese día Melo había iniciado conversación dándome los cigarros; no había cruzado palabras con él desde el incidente en San Lucas, donde se había resistido a la sugerencia de desarmar a Chevo, que casi me borra del mapa, a no ser por la oportuna intervención de Pepito.
-Bien Melo, gracias ya tengo para invitar a Alberto que fuma como un murciélago. ¿Y qué hay del inicio de la ofensiva...?
-Todos sabemos que se va a dar. Se especula que al inicio del año. Por eso es tanto ajolote que tenemos; pero nadie sabe la fecha exacta por ser compartimentado. Con un gran suspiro y pensando para mí mismo, comento: “me hubiese gustado ir a despedirme de la familia, pues uno nunca sabe lo que pueda pasar en esa ofensiva”. Melo sonríe comprensivamente; se encoge de hombros y nos despedimos.
-Voy a buscar un pocito para lavar mi ropa; esta mugre y no quiero escaldarme.
-Si te vas por ese caminito sin desviarte hasta una pequeña elevación, encontrarás una quebradita y adentro está la Cueva del Murciélago; hay una fuente de abundante agua cristalina y pocos llegan ahí; puedes lavar y torcer bajo cubierta. Con suerte nadie te interrumpirá.
Siguiendo las directrices de Melo, dirijo mis pasos por aquel sendero estrecho con poca evidencia de ser muy transitado a unos 500 metros de la casa de Los Cocos, bordeando un poco la elevación llego a aquella caverna natural incrustada en el cerrito, que para entrar se pasaba una angosta y algo profunda quebradita; era preciosa; escucho ruido adentro; alguien lavaba chapuceando ropa; me paro en la estrecha entrada y veo una mujer. Era Marta que afanosamente lavaba, estando en ropas menores.
-Hola, ¿está ocupado el pocito?... Quizás regrese cuando hayas terminado -le comento
-Hay espacio para más aquí; y mientras te bañas te lavo la ropa para que te la pongas limpia…
-A decir verdad que sí. Necesito bañar y lavar; ya siento escaldarme por la mugre de tanto sudor... Lo que ahí pasó, no sé cómo narrarlo; sólo queda a la imaginación del lector. Regresamos juntos al Quebracho, cada quien a lo suyo. En esa madrugada del 7 de diciembre, el posta inusualmente llega a despertarme:
-Compa Fidel, Melo lo ocupa en la cocina y dice que lleve su mochila. Así pasaba siempre cuando había que salir a ver alguna emergencia, por lo general algún pariente enfermo de un acampado. Como un disciplinado soldado y listo para recibir la indicación del jefe, me presento en la cocina en donde todos estaban amenamente charlando y cafeteándose
-Bien, Melo, ¿para qué soy bueno a esta hora de la madrugada?
-Tranquilo, vas a desayunar bien, lo mejor que podás. Aquí está este par de “burros” nuevos y esta ropa de cambio para cuando tomés el bus. Tienes este guía hasta el Cacahuatique; de ahí tomarás rumbo a ciudad Barrios; luego hasta el desvío El Triunfo, en la Panamericana. Si todo va bien, mañana por la tarde o noche estarás en San Salvador con tu familia. Esto por lo que hablamos ayer; es bueno salgas ahora; pero el primero de enero te queremos en el cerro Cacahuatique; dejas arreglado de una vez el contacto.
-Melo... lo escucho y no termino de creerlo; nunca imaginé que mi comentario originara tu gestión para conseguir el permiso y lo necesario para mi viaje.
Después de desayunar aquellas tortillas saliendo del comal, más la comida especial para comer y llevar en el largo camino que iniciaría esa madrugada, me dirijo a las compas del equipo de cocina, principalmente a la responsable. Lo recuerdo bien por la respuesta recibida que fue como la reafirmación de lo necesitados que estaban de los servicios médicos:
-Díganme por favor que les gustaría que les trajera de San Salvador a mi regreso... todas se miraron entre sí parando el chisterío normal que tenían. Haciendo un pequeño silencio que Maritza7 (jefe de la cocina y pareja sentimental de Isaac) aprovechó para responder a nombre del equipo:
-Fidel..., creo que todas estarán de acuerdo conmigo, y la que no, que lo diga cuando yo termine. Queremos decirte que lo que te pidamos lo cumplas, porque aquí todos tenemos trabajo importante que hacer, pero algunos trabajos son más complicados sustituir como lo es el trabajo de las Brigadas Médicas y el del médico. Sólo te pedimos dos cosas: una, que te cuides y no dejes que los orejas te descubran y te hagan daño, y dos, que regreses aquí a tu puesto que te estará esperando. Todas miraban a Maritza como respaldándola, moviendo afirmativamente sus cabezas.
Más emotiva no pudo ser mi salida del Quebracho Pando. Inicié la caminata más larga y de más horas de mi vida: 34 horas de camino sin descanso; comía y bebía caminando; solamente me cambiaban el guía según la zona que pasaba hasta llegar a la villa El Triunfo el 8 de diciembre a las 3 de la tarde. Mis zapatos burros nuevos, se acabaron de esa caminata y tuve que comprar otros en el pueblo para presentarme decente en el bus hacia San , para llegar esa misma noche a una base, que era compañera de carrera en la Facultad.
Ella fue sorprendida cuando le tocaba su puerta tipo 9 de la noche, fue la primera en darse cuenta que regresaba del Frente rural. Me dio alojamiento e información de todo lo ocurrido en mi larga ausencia y por supuesto de mi esposa y mis dos hijitos.

jueves, 20 de febrero de 2014

DEDICADO A ROQUE DALTON

(Esta es una prosa poética que fue leída por su autor durante un acto celebrado para conmemorar la muerte del gran poeta revolucionario Roque Dalton)




Querido hermano Roque

Tú que viviste la persecución de la fieras salvajes de la Policía Nacional; tú fuiste presa de la jauría del mal en las bartolinas de la terrorífica Policía Central de San Salvador y de la penitenciaría en donde las herramientas de las fieras salvajes eran la tortura, la capucha y el exilio; tú Roque, por estar comprometido con la realidad del pueblo salvadoreño, de los obreros, de las señora de los mercados; tú que viste la forma de vida y el estilo en que viven nuestros hermanos; tú que escribiste la triste crónica de la negra realidad y la tristeza de nuestros compatriotas en nuestro pequeño país; en donde sobrevivir es una triste realidad; en donde el que tiene más agarra más sin importarle los demás; en donde las leyes y las autoridades protegen a los que tienen los medios de producción. Por eso tu poesía de denuncia y de justicia hizo temblar a los poderosos y soltar las fieras de la persecución de manera para callar el hambre y la miseria de la triste realidad. Por eso tu poesía se volvió espada de justicia y de denuncia y libertad. Por eso aquellos que se sintieron señalados por la justicia popular; por eso tu poesía creció mucho y se fortaleció mucho; se volvió un roble de sabiduría. Por eso tus compañeros de tu célula en la cual militabas, se llenaron de envidia, y la ignorancia renació en la cual sobresalió la ignorancia, sin saber lo que se hacía.

Pero la ponzoña de la envidia pudo más, llegando al extremo de eliminarte físicamente y callar tu voz.

Pero tu voz y tus palabras crecieron mucho y traspasaron los límites de las fronteras de las palabras del lenguaje. Ahora los autores intelectuales y materiales de tu crimen vive de migajas, como mendigos pordioseros, enterrando su cara en la basura más pestilente, cuya razón no habrá nunca un juicio para que sean perdonados, ya que entra en las páginas de la negra y cruel historia, en donde los cobardes y criminales son los malos actores.

Ahora, hermano Roque, a tí que estás el corazón de de ese pueblo salvadoreño, te ponemos en lo más alto de nuestros Roque corazones, porque tu poesía es lava ardiente que nunca se va enfriar, porque viene del centro de la tierra de nuestra América. Mi hermano Roque, descansa en paz donde esté tu cuerpo, como miles de hermanos que sufrieron la misma consecuencia por luchar por la justicia y la libertad.

En tu día, en memoria…
Mario A.  López

miércoles, 19 de febrero de 2014

MARCHA MILITAR CON LOS NICARAGÜENSES (I)

(Alerta y emergencia en el camino, Embutidos cerca de Marcarla, Regreso al Quebracho Pando)

Por Fidel A. Romero, “Fidel Zarco”.

PARTE I

A pocas cuadras del lugar de la media tortilla con el chicharroncito de cuche para recordarle al duodeno que no había sido olvidado en sus funciones de asimilar algún alimento, estaban los nicaragüenses con tres más en reunión haciendo el plan de marcha. Formando un semicírculo, aquel grupo de verde olivo con sus respectivas armas largas, impresionaba. Esa era la razón del por qué no habían buscado contacto directo, evitar confusiones y algún eventual enfrentamiento entre los mismos. El grupo estaba conformado por Emiliano, Isaac, Iván, Orlando o “Aspirinita”, Licho, Walter, Mabel (que la había atendido un par de semanas antes de sus heridas); agregándonos Alberto, los guías del paso (Tacho y Chano), además de quien escribe esta historia. Éramos 11 en total. La misión, según explicaba Emiliano, consistía en desplazarnos a un lugar que nos permitiera contactar al responsable del trabajo en Tegucigalpa para sacar a los nicaragüenses, incluyendo a Licho y Walter, e ir a Managua a conseguir armas lo antes posible para evitar que abortara la revolución salvadoreña. Después del recibimiento de rigor, se dirigió a Alberto, diciéndole que necesitaba una nueva muda y que se la conseguiría de inmediato. Luego continuó:
-Yo conozco los contactos -decía Emiliano. No entiendo por qué gran puta no las han mandado. Esta marcha es militar y como tal seremos todos tratados. Se requiere de mucha disciplina en el desplazamiento, y aunque seamos solo 11, tendremos una vanguardia exploradora que caminará 100 metros delante con un guía; habrá un cuerpo de la marcha y la retaguardia con el otro guía. Orlando e Iván con Tacho serán la vanguardia; Isaac con Licho serán el refuerzo a cualesquier lado de la columna y todos deben consultarme en caso de alguna duda. Los doctores irán en el cuerpo de la columna con Mabel. Somos pocos y caminaremos toda la noche hasta amanecer; acamparemos al encubierto y luego seleccionaremos una casa que nos permita abastecernos y armar el contacto hacia Tegucigalpa. Alberto es conocedor de esos contactos y puede sugerirnos con quien puede ser más ágil que nos ponga en Managua. Hasta aquí… ¿Alguna pregunta?
-Sí. ¿Qué caso tiene que hayan dos médicos en este equipo, si Alberto puede cumplir la función de enlace con el trabajo en Tegucigalpa, y a la vez, supervisar las heridas de Mabel?... Así valoraba yo innecesaria mi partida con aquella unidad de mandos o jefes.
-Buena pregunta, pero no puedo dar muchas explicaciones, sólo diré que obedece a un criterio de seguridad y preservación de cuadros. Es necesario que todos estemos listos, incluyendo la nueva muda1 de Alberto y una camisa verde para ti Fidel, y saldremos en una hora. Llenemos las cantimploras para no tener que parar en el camino por agua.
No había espacio para más preguntas. Emiliano inspiraba autoridad y conocimiento. Alto de estatura, moreno, musculoso; joven pero experimentado internacionalista; ex director de la escuela militar del Ejército Popular Sandinista, EPS, en Managua, de donde fue reclutado por el trabajo internacional, debido a los contactos que tenía al interior de la institución armada y del gobierno de los hermanos Ortega en Nicaragua; era él quien lideraba el grupo. Le recordaba de unos meses antes en que me enseñó el manejo del G3 y el significado de la posta en el Punto Rojo de La Laguna.
Iniciamos aquella mi primera marcha militar, que tenía pintas de ser experimentada aunque la planificación no tenía mucho que envidar a la que Paco había ejecutado para tener con seguridad la columna más numerosa nunca vista antes en maniobra y con la mayoría desarmados. Las explicaciones de Emiliano eran claras y aleccionadoras, hasta enseñó cómo indicar movimientos con sólo mover los brazos sin necesidad de hablar. Parecido a las señales que me hizo Paco cuando vigilaba la aparición de la tropa hondureña y ordenaba el retiro de su gente. Después de caminar unas 5 horas sin descansar, la luna alumbraba y podíamos ver a corta distancia; cada vez aumentaba más la niebla y no era permitido sacar las linternas de mano. De pronto Emiliano hace la seña de tendernos, y al unísono quedamos tendidos en el camino, bajo la mirada del jefe que pasaba la consigna de alistarse para el combate por haber escuchado pasos que podrían ser de militares. “Los pasos ni se acercan ni se retiran”, es la siguiente consigna que pasaron. En ese instante me río de la seriedad de todos. Indignado, Emiliano se dirige a rastras hasta mi posición y me dice:
-Más disciplina, doctor, ¿qué le pasa?
-Es que yo no escucho pasos de botas militares; lo que escucho son animales o caballos que están comiendo barrenillo -le respondo sin poder controlar la risa, pero haciendo un gran esfuerzo por evitar las carcajadas…
-¿Estás seguro, Fidel, que son animales comiendo pasto durante la noche?
-Mira, Emiliano, yo crecí en el campo y conozco bien ese sonido; si no me crees vamos a verlos, deben estar a unos 150 metros de nosotros. Esta niebla espesa evita que veamos los bultos.
Al percibir la seguridad en mi explicación, ante el motivo de la emergencia o alarma de la marcha militar, Isaac fue enviado a notificar mi versión al equipo vanguardia y que fueran a verificar de inmediato. Al regresar con la respuesta cinco minutos después, ya que se desplazaron con todas las medidas del caso, manteniendo la máxima alerta para no ser sorprendidos en caso fuera falsa mi afirmación, Isaac comentó: “Estamos haciendo el ridículo por la cagazón de este Orlando que contagia al Aspirinita. Te propongo relevar a Orlando, Emiliano”, añadió algo contrariado.
-Nunca había oído animales comiendo a esta hora -fue la explicación dada por Orlando. Al ver que todos nos reímos y que se relajaba la marcha, el jefe ordena seriedad y explica que se hará evaluación el día siguiente sobre ese incidente para determinar si fue broma del equipo de vanguardia para tensionar la columna.
Continuamos el resto de la noche sin otro percance hasta llegar a un lugar donde había un monte espeso y una poza de agua que corría sin mayor caudal. Emiliano, dando muestra de su experiencia y como conocedor del bosque, ordena a Isaac explorar condiciones para acampar, dándole media hora para valorar el farallón y origen del nacimiento del agua con sus aproximaciones posibles.
-Mejor lugar no podemos encontrar- informaba Isaac al Jefe. Tenemos todo a nuestro favor: secretividad, enmascaramiento, agua, una casa a 300 metros que podemos controlar desde el pozo de agua, no hay señales de más casas, ni caminos. Estos son terrenos privados de esa casa, son enormes.
-Chano que hable con el de la casa para explorar condiciones; tú lo acompañas para apoyar pero no hables por tu tono pinolero2 y evitar sospechas. Monten una buena leyenda para introducirse y valorar reunirme con el jefe de la familia.
-Este camino ya lo he transitado, es el corredor hacia Marcala. A esa casa ya he llegado a buscar comida antes, ¿no es cierto, Tacho? -dijo Chano. Tacho afirma con la cabeza moviéndola verticalmente.
-Mucho que mejor; pero por cualesquier cosa que Tacho se quede con nosotros para tener guía siempre.
Después de una hora, que fue aprovechada para que Iván con Orlando hicieran una exploración enmascarada más al detalle, regresaron los emisarios enviados a la casa del propietario de aquellos inmensos terrenos boscosos. Venían con un cumbo humeante de café y una paila llena de guineos sancochados, un queso, además de otro cumbo con frijoles incluyendo su sopa. La mitad de aquellas provisiones fueron devoradas rápidamente, dejando la otra mitad como reserva para la cena.
-¡Barriga llena, corazón contento! ¡Ahora que vengan los catrachos y nos turqueamos!3 Pero como la misión es otra, debemos guardar la secretividad hasta alcanzar el objetivo: Trasladarnos a Managua a través del trabajo de Tegu… Alberto sonríe diciendo: “¡Aaay, hermano! No tienes idea de cómo es el trabajo de extenso que se ha desarrollado entre los compas hondureños; la tardanza es que sepan que aquí estamos y harán todo por ayudarnos a cumplir la tarea que sea. Sólo tenemos que asegurarnos de mantener la secretividad porque el aparato de inteligencia lo han reforzado, además de los medios aéreos y cuentan con tropas especiales con capacidad de ponerlas en escaso tiempo en cualesquier parte del territorio”.
Todos estábamos animados; el ambiente empezaba a favorecernos; se sentía una calma estar pegado a aquella fuente de agua teniendo de retaguardia una gran pared natural con bastante similitud a la cueva que forma la Gruta de Corinto4 en Morazán, con la diferencia que aquella carece de nacimiento de agua; es seco, tipo potrero de animales con algunos arbustos y matorrales. Aquel ambiente boscoso y tranquilo, teniendo casi asegurados la seguridad y abastecimiento, así como también el contacto con la capital hondureña, daba para todo: conocernos mejor como grupo y como personas, escuchar noticias, intercambiar experiencias vividas. La primera noticia escuchada a través de una emisora salvadoreña, fue el atentado sufrido por el ingeniero Félix Ulloa5, rector de la UES, en las inmediaciones de una sucursal bancaria ubicada al frente del Hospital Benjamín Bloom. El rector murió horas después en la policlínica salvadoreña.
Había una niebla blanca espesa que aún con el avance del día no cesaba. Apenas desde un punto del lugar podía divisarse la casa que nos serviría en adelante no sólo para abastecernos, sino que para contactarnos con el trabajo de Tegucigalpa. Fue puesta una observación continua hacia la casa y después de recibido el informe, Emiliano preguntó opinión sobre la conveniencia de hablar con el jefe de la casa para que asumiera compromisos por seguridad de todos. Se generó una pequeña discusión sobre los pro y los contra, y al final se decidió hablar en colectivo y antes de anochecer, con un plan ya claro por todos, estábamos conversando amigablemente con nuestro protector. El planteamiento consensuado lo expondría el jefe.
-Como usted verá, somos personas de paz y vamos a la guerra en El Salvador para construir una mejor sociedad en donde todos tengamos derechos, empezando con el derecho a la vida, siguiendo con los derechos a educación, salud, trabajo, Justicia, respeto, etc. Tú puedes apoyarnos mucho sin estar en riesgo…
El Señor, que no recuerdo su nombre, no salía de su asombro al ver el grupo uniformado y armado, hablando amigablemente, su actitud no podía ser más expresiva abriendo sus ojos mostrando su concentración en lo que escuchaba…, diciéndonos:
-Explíquenme bien, qué tengo que hacer para no cometer errores.
-Nadie ha visto que llegamos aquí, hemos borrado huellas, este lugar es tu propiedad privada y no hay casas cercanas. El secreto debe continuar entre nosotros por siempre y se darán cuenta sólo a quienes nosotros permitamos. Esto, es la seguridad de todos, incluyéndote. La otra situación es que necesitamos alimentarnos durante estemos aquí, además de contactar a un amigo en Tegucigalpa que es de toda nuestra confianza. Tú le pondrás precio al tiempo que nos dediques y a las cosas que nos compres que necesitemos, nosotros te pagaremos con colones; tú sabes que el aguardiente es mal consejero cuando no se controla. Si tú no lo controlas te pondría en riesgo al igual que a nosotros; si no es mucho pedirte, evítalo de ahora en adelante.
-No se preocupe por mi tiempo, ni por la secretividad. Este lugar ni yo lo había visitado desde hace mucho tiempo; nadie entra aquí, ni los animales; este lugar es virgen. Viajo una vez por semana a Marcala; mañana salgo en la madrugada y puedo llevar alguna carta o ver a alguien de su confianza. Tengo un amigo en Marcala que a veces lo visito y me da un “lijaso”, pero si es así, no lo visitaré tan luego. Para que no aguanten hambre, uno de ustedes puede ir a la casa antes que salga y traer la comida de dos días por algún retraso. Alberto ya había escrito una nota bien escueta solicitándole a un amigo apoyo para hacer un trabajo y firmaba con el seudónimo de Carlos. “Esta nota será suficiente y la respuesta será su presencia en unos días”. Entregó la nota que de antemano había sido revisada, estaba sin datos que provocaran sospechas y produjera algún riesgo.
Fueron tensos los siguientes 3 días; la base de apoyo en prueba de tareas especiales se ausentó. El frío hacía estragos y no teníamos ropa para protegernos, solamente los plásticos de tendido. Se improvisó una champa uniendo plásticos que permitía acostarnos bajo cubierta 6 personas aprovechando el calor que producíamos. Walter y Mabel, como eran pareja sentimental, tenían la propia, y ella se acercaba temprano para ser revisadas sus heridas de piernas y mano izquierda. Su mano aún conservaba el cabestrío; había perdido dos dedos, pero cicatrizaba bien sin necesidad de injertos. El tercer día era crucial, había tensión por la tardanza, la casa siempre tenia observación continua y nada hacía sospechar hubiese algo anormal. Hasta que llegó la base cargando un saco a la mitad de comprados que mandaba el contacto de Honduras para nosotros, los periódicos y el aviso que prepararía condiciones para albergar al que necesitara, empezando a partir de una semana.
-Te dije que la tardanza era conectarnos. Estos compas dan todo por ayudarnos -comentaba Alberto.
-Necesitamos actuar rápido o nos congelamos aquí, y debemos de agilizar esto porque los contactos en Managua no saben las necesidades de hierros que hay.
-No es posible, hay que hacer las cosas despacio para no cometer errores, te lo digo yo que conozco este trabajo.
Había incomodidad por la tardanza; se acordó enviar a un correo a buscar información a Morazán de cómo seguía el operativo; no recuerdo si fue Licho o Walter que se ofrecieron para acompañar al guía y que no fuera solo. Acordamos que si había condiciones se regresarían uno por uno e igual la ida para Tegucigalpa. En todo eso, ya había pasado casi 4 semanas de ese campamento eventual enmascarado.
… En aquel invernadero convertido en embutido de la unidad militar de Emiliano, hubo tiempo suficiente para asimilar las emociones de los últimos 3 meses. Había sido muy intenso todo lo vivido. Por mi mente pasaban como película los riesgos a que había sido expuesto y la satisfacción de haber dado respuesta a mi compromiso en la B.M. Me preocupaba el estado de los heridos quemados de La Guacamaya. ¿Qué habría sido de ellos? Pero, sobre todo, la mayor preocupación era la escasez de personal cualificado para responder a las necesidades a presentarse en adelante. Sólo necesitaba regresar a san salvador y ver contactos en el área de salud, despedirme de la familia, mis hijos, mi esposa y mis padres para regresarme al Frente rural hasta que terminara la guerra. ¡Los vería si quedaba con vida de esa jornada, sentía que mi lugar estaba en el Frente, definitivamente! Esto era ya una determinación y compromiso conmigo mismo, porque cada quien debe responder de acuerdo a lo que siente adentro…. y dar todo cuando se necesite y el Frente rural clamaba por personal cualificado en salud.
Regresó el guía sin Walter, solo, con noticias que la zona estaba limpia de enemigo pero que habían quemado casas y asesinado civiles en La Guacamaya. Licho se rascaba la cabeza sin expresar palabras, hasta que después de un rato dijo: “nosotros de holgazanes aquí y la gente desorganizada necesitándonos, en la madrugada nos vamos, yo seré el siguiente”. Tres días después regresa el guía. Este se queda descansando y sale Tacho con migo. Antes de salir Emiliano le hizo recomendaciones de jamás dejar que me perdiera en el camino, con misión de dejarme en El Quebracho Pando, en el campamento de Los Cocos con Quincho. Mi experiencia había terminado con los nicaragüenses; había sido rico el aprendizaje de sobrevivencia en el extranjero y había sido testigo de la disciplina de la unidad para salir avante en la misión de conjunto.
El camino fue cansado; sólo nos deteníamos para tomar agua y seguíamos. Tacho decía que había que llegar hasta La Cuquinca al medio día, pero que podíamos tener un descanso antes de pasar la frontera. En los encuentros del río, había una gran roca con una especie de grada como para sentarse. “Aquí podés descansar“ -me dijo. “Yo haré posta. Estaré a 25 metros. Si hay emergencia, vengo rápido”.
Después de una hora ya casi amanecía. Tacho movía uno de mis hombros. “¡Es hora!”, decía. Me despierto asustado. Soñaba que estaba en una cama bien arropado y no podía explicarme cómo era que había llegado a esa cama después de tanto tiempo… estaba empapado de agua, mi mochila de cabecera recostado y sentado en la roca; había llovido y Tacho pensaba que estaba despierto, y que al venir el agua, sacaría el nailon como lo había hecho él… estaba tan dormido, disfrutando mi abrigada cama, que no había sentido la lluvia. El frío calaba hasta los huesos, la ropa estaba helada y mojada. “Es mejor que torsás la ropa antes de continuar; te ayudo”.
Pasamos el río; seguimos paralelo entre el río y cerro La Cruz. Encontramos a un señor Isidro Romero, el segundo civil visto después de un mes; el primero había sido la base que nos ocultaba en Honduras. Tacho le pregunta sobre alguna novedad obteniendo una escueta respuesta:
-Pues que yo sepa, todo esta sin novedad por estos rumbos.
-¿Lo conoces?
-Es el alcalde de Joateca, hermano de Paco -me responde.
Sólo nos falta medio día de camino, descansaremos en una arboleda tupida mientras conseguimos algo de comer donde una base. Llegamos tipo 8 de la noche a un campamento de la zona de Paco, saludamos a los que aún estaban levantados. Tita dormía en una hamaca; el Choco entró a saludarla, pero igual ni se movió. Paco había salido a reunión diciendo que regresaría el día siguiente. Allí estaba Pedro, el nicaragüense instructor de la escuela de mandos que había conocido meses antes; todos estaban acostados y Pedro dijo que salía en la madrugada para El Quebracho Pando, que podía descansar para irnos juntos. “Mi misión termina aquí”, dijo Tacho. “Desde este momento, es misión de Pedro entregarte mañana con Quincho en el campamento de Los Cocos del Quebracho Pando”.

viernes, 14 de febrero de 2014

Algo de Postguerra (Otros Poemas)



(Escrito en 1993)
Por Héctor Lara.

El Excelentísimo Señor Tacuazín de Papilandia
impone la Orden de Hijo Meritísimo
al legendario líder del
Frente
Móvil
Los
Nunca llegan.

En la tumba de Chico Pancho
el guerrero anónimo, el último, el olvidado
un zopilote llora
la ausencia de cadáveres
en los campos.

El Obispo Auxiliar de las Argollas
derrama su bendición sobre los conversos
y eleva una oración
por el eterno bienestar
de su estómago.

El poeta
el predilecto, el de las conferencias
el único que puede juzgar el desarrollo literario nacional
brinda con el máximo comandante
héroe de mil batallas supuestas
y pronuncia su pírrico verso
de elogio.

La Komisión Konjunta para la Konsolidación de los Korruptos
(K-K y K-K)
proyecta la importación de psiquiatras
para tratar a los ex combatientes
cuyas protestas
considera desequilibrios mentales
heredados de la guerra.

La Organización de Potencias Unidas
dice:
¡Qué bueno, muchachos!
¡Qué bueno!
¡Viva Sión!

San Salvador, 1993.

miércoles, 12 de febrero de 2014

A Elizabeth

De mi coleccion de Poemas Negados de un Frente de Guerra.


A ELIZABETH


Por Yasser


Elizabeth tu nombre de guerra

Elizabeth tu nombre en el plástico

¿Qué queda de vos?



Compañera detesto los homenajes póstumos

porque en vida hasta los diablos los merecen

y vos niña-hija-adorada-crecida en la lucha

tenés derecho a algo más que palabras finales

epitafios vacíos

panfletos rayados…



Merecés el silencio de los verdaderos héroes

los anónimos

los que no tuvieron sepultura

los que volaron

en las pletóricas barrigas de los zopilotes.



Morazán, 1991.

lunes, 10 de febrero de 2014

LA PRIMERA VEZ

Por Walter Rivera.




Aquella mañana del 24 de agosto de 1978 se notaba tranquila, o al menos así lo aparentaban los dos que caminaban por la acera en el centro de la ciudad, uno detrás del otro; así lo habían aprendido y ejercitado.  Por momentos, el ruido de los vehículos, el movimiento de la gente, los vendedores de periódicos, los buses repletos de pasajeros, hacía que uno de ellos se perdiera en el bullicio; los almacenes abriendo sus puertas; las vitrinas mostrando sus maniquíes ataviados con vestidos, pantalones, etc., etc.

Aquellos dos jóvenes caminaban casi indiferentes ante todo eso; pensaban en algo distinto.  Ricardo de 22 años recién cumplidos, estatura regular, piel morena, pelo un poco rizado, miró su reloj. Eran exactamente las 8:45 AM. Pensó que era buena hora.  José lo seguía a unos quince metros. También joven de unos 18 años; ambos eran de extracción social pobre.  Habían suspendido sus estudios y hoy harían algo que cambiaria radicalmente sus vidas.  La noche anterior, en la reunión, habían sido designados para cumplir la misión, su primera misión.  Tenían la información precisa y necesaria, y se había tomado la decisión de eliminar a un agente del enemigo, a uno de la dictadura.

Ricardo pensaba en cada paso del plan diseñado.  El sujeto andaba armado y era desconfiado.  El arma: una 45 milímetros.  Era su primera acción.  Los pensamientos se le aglutinaban desordenados y pensaba “no debo dejarme llevar por los impulsos; tengo que controlarlos”.  Revisaba el plan: José en la seguridad; la ruta de acercamiento; la de retirada; ruta de acceso y salida, por si habían problemas; la seguridad del enemigo; todo desfilaba por su mente como un rollo de película; la hora señalada: las 9:45 AM.  Según la información del seguimiento, el individuo tenia un grave error: era demasiado metódico en su vida; se sentía seguro; seguro de que nadie sabía de sus crímenes (como cobertura tenía un negocio de ropa).  Ricardo pensaba en lo que le habían dicho: “A la hora llegada no te vayas a ahuevar. Pensá en todos los crímenes que ha cometido ese tipo; así que sé enérgico… No nos han dejado otra alternativa más que pelear”.  ¡La primera acción!  ¡La graduación de un combatiente!

Vio nuevamente el reloj: 9:45 AM.  Estaba en el lugar preciso con el objetivo a la vista.  No dejaba de pensar “¿Y si me mata o me captura vivo?”“¡Huevos! ¡Eso nunca!”… “¿Y si quedo herido? ¿Qué va a pensar mi madre? ¡Se va a morir de pena!”.  La mente era un torbellino de pensamientos. “¿Mi trabajo? ¿Mi novia?”… Las manos le sudaban; un frío sudor le recorría por el cuerpo… Se limpió la frente con su pañuelo, levantó su mano derecha a la altura de su cintura y aquel contacto lo calmó un poco… Se sintió seguro… La browning nueve milímetros estaba justo en su lugar… Se produjo en su mente una rápida sucesión de recuerdos de las marchas reprimidas; los muertos; los heridos; los desaparecidos; una larga lista de acciones de represión poblaron su mente y pensó “¡Y este hijo de puta que no aparece! ¡Ya son las 9:15 AM! Voy a esperar diez minutos y si no viene me voy… ¡No puedo estar mucho tiempo aquí!”

Encendió un cigarrillo para calmarse un poco más.  Pensó en su preparación militar con el equipo de jóvenes como él: arme y desarme de pistolas; las posiciones de tiro; las propiedades combativas. Una vez más miró su reloj, eran las 9:20 AM.  El movimiento continuaba en la ciudad.  Aspiró el cigarrillo, y al expulsar la bocanada, de pronto vio entre el humo aparecer el vehículo pick up, y al timón el sujeto.  El pulso se le aceleró; las pupilas se le agrandaron; los sentidos en estado de máxima alerta.  Sintió el endurecimiento de sus músculos.  Arrojó lo que quedaba del cigarrillo, y pensó: “Debo caminar a su encuentro. Debo hacerlo, pase lo que pase… ¡O la victoria o la muerte!”

Comenzó a caminar con la vista fija en el objetivo.  El sujeto se había bajado del vehículo y -por tener mayor experiencia- había detectado el movimiento del joven que tenía a escasos 15-20 metros.  Sus miradas se encontraron en el preciso instante de cruzar la línea imaginaria que divide la vida y la muerte.  El individuo intentó sacar su arma.  Ricardo sintió el peso de su browning entre los dedos de su mano derecha y los cerró.  Levantó el arma al mismo tiempo que adoptaba la posición dos y apoyaba con su mano izquierda apuntando.  Sólo alcanzó a ver el rostro del sujeto que se transfiguraba en una mueca de miedo y terror, y entre su mano derecha asomaba el arma que había extraído de su cintura.  La ventaja había sido elocuente.  “La sorpresa –le habían dicho- es garantía de victoria”.

Sonó el primer disparo.  Ricardo vio entre el alza y la mira de la browning que impactó en el abdomen; el segundo disparo en el pecho, y el tercero, a la altura del hombro derecho.  Ya no pensaba más que en disparar.  Sintió que la sangre se le agolpaba en el cerebro.  Los oídos le rumbaban.  En una sucesión de segundos recordó las indicaciones de que nunca disparara todo el cargador, y se contuvo.  Vio como en una especie de cámara lenta que el sujeto fue desplomándose hacia delante poco a poco.  Aquellos segundos le parecían siglos… la ciudad quedó en vilo, suspendida, en silencio total.  Después reaccionó.  ¡La ciudad despertó! ¡La gente corrió! Las mujeres gritaron; los curiosos comenzaron a ver.  Entretanto, Ricardo se incorporó y empezó a caminar sintiendo que lo hacía como en un mundo nebuloso e irreal, y pensó: “¡Lo hice! ¡Lo logré!”.

A las 10:00 AM, José se había retirado según el plan.  No debían salir juntos.  Ricardo entró a una cafetería, se sentó y apoyó los codos en la mesa; ordenó un café y un sándwich de jamón.  Encendió su pequeño transistor para escuchar las noticias, pero no salió nada.  Le sirvieron lo ordenado; tomó un sorbo de café; se sintió bien y pensó: “Nunca volveré a sentir la emoción que he sentido hoy en toda mi vida”.



NOTA: Este es un pequeño homenaje a los cientos de mujeres y hombres de nuestro pueblo, que en un momento dado de sus vidas, tomaron la decisión de luchar con las armas en la mano, para lograr los cambios estructurales en nuestra patria.

Dedicado también a nuestros héroes caídos en el anonimato durante la lucha revolucionaria de nuestro pueblo-

viernes, 7 de febrero de 2014

Catarsis del Cuestionado



Por Héctor Lara



Un sol que se desangra en vos

una voz que grita en tu vientre

veinte siglos avance

abajo estamos nosotros

cultura de dictaduras

arriba están los satélites artificiales

coronando de luz la miseria.



Flor que no eres, aroma que no tienes.

Pudor que tienes, vergüenza que te arropa.

Todo es pura mierda

catarsis del alma

mientras comienza la próxima batalla.



Vengo no se de dónde y voy

con esta gente no se adónde,

pero voy,

porque

yo no soy un hombre sincero

de donde no existe la calma

y antes de morirme quiero

sacar basuras de mi alma.



Morazán, 1990.