jueves, 30 de enero de 2014

CONOCER LA GUACAMAYA



Por Fidel A. Romero, "Fidel Zarco".

Había pasado ya chequeo médico a más de 45 campamentos al norte y sur del rio Torola, empezando por el del cerro Cacahuatique.  Mi sede era el campamento de La Barranca, cerca de la villa El Rosario. Se trabajaba sin descanso; las personas hacían cola y se improvisaba el consultorio con una silla, con su mesita, un rudimentario banco donde se acostaban para hacer el examen físico, una cortina de un pliego de nailon y otra mesita a pocos metros donde estaba el brigadista con alguna medicina para despachar las recetas.  En esa tarea contaba con el apoyo de un socorrista de la Cruz Roja de nombre Oscar, “Ernesto el púas”, y el guía de cada zona.  Éramos un equipo de tres, guiados por alguien conocedor de cada área visitada. De antemano había exploradores que aseguraban la ausencia de peligro por el camino a recorrer cada día. Cada uno del equipo tenía una tarea específica.  Oscar,  cuyo seudónimo era “el Largo”.  Un muchacho joven, delgado bastante flacucho; alto, pelo amarillento; un gran fumador que pertenecía a un grupo de socorristas de la Cruz Roja. Su tarea era dar instrucciones de arrastre, simulando evacuación de heridos, diferentes tipos de vendajes para detener sangramientos, y fijar miembros fracturados, etc.  “Ernesto el púas” era el fotógrafo, y por mi parte era el responsable de la consulta organizada con el brigadista local, organización de cursos de reforzamiento a grupos de brigadistas, charlas de salubridad y lo básico en coordinación con el jefe del campamento para formar la estructura de la Brigada Médica.
Ese Agosto de 1980 había entrado con Gina, debido que el resto de los miembros de la Brigada Médica habían puesto alguna limitación para continuar en la tarea durante ese año.  Gina era nueva en nuestro colectivo;  había tenido tareas conspirativas y organizativas con oficiales que estudiaban en la Facultad.  Ella, después de conocer la zona de El Tancho y El Tortolico (municipio de Torola), había sido trasladada al Frente Sur para iniciar trabajo de la Brigada Médica. “Morazán ya está algo adelantado”, decían los responsables  del colectivo de conducción de oriente.
Esa visita, que en mi mente sería corta, se prolonga inesperadamente hasta  el 7 de diciembre.  El acuerdo en el colectivo de San Salvador era que esas visitas serían alternadas entre los que habíamos fundado la Brigada Médica, para dar seguimiento al trabajo desarrollado en el año anterior en donde reuníamos a los jóvenes campesinos durante los fines de semana para impartirles temas en salud, especialmente sangramientos, tratamiento de choque, etc., y así formarlos como brigadistas de sus zonas rurales. Habíamos logrado impartir cursos a jóvenes de todas las zonas donde había trabajo campesino del ERP.  A través de los colegios privados y en la universidad reservábamos locales para ocuparlos como salones de clases a los futuros brigadistas que entrarían en acción en lo que se venía: la guerra civil.
El Rio de la Joya bufaba por la tormenta.
Llovía torrencialmente mientras caminábamos del campamento de La Laguna de villa El Rosario hacia El Escondido[1].  Era un lugar desconocido aún para mí; era la zona que todavía no había visitado, lo cual quería terminar en tiempo record para poder regresar a la casa en la Zacamil en donde mi familia me esperaba.  Julia, mi esposa, y los dos pequeños, no sabían con certeza si con mi ausencia mejoraba su seguridad.
Nuestro desplazamiento por San Lucas, en aquel camino sin haberlo recorrido antes, estaba a cargo de Macario, guía de la zona del Cacahuatique. Éramos unos 8 a lo sumo; estaba aprovechando su movimiento para que me guiara a El Escondido y terminar de una vez con el chequeo en todo el trabajo de Morazán.
-No es fácil de encontrase con el enemigo en el camino  por la lluvia a cántaros que cae;  pero el camino no está fácil por lo liso, lodoso y lo crecido que podría estar el rio; pero si ustedes se animan a irse con migo tendremos que salir ya -había comentado Macario
-¿Cuánto tiempo seria en llegar al Escondido?
-Eso depende de las dificultades y rodeos que tengamos que dar, podrían ser entre 3 a 6 horas.
Mi mente se preparó para estar en el lugar, y amanecer planeando con el responsable de la zona a quien conocía sólo de nombre,  Paco.  No tenía mayor información, únicamente sabía que para esos días la situación de los campamentos tenía un ritmo acelerado en crecimiento; todos los días llegaban personas nuevas, generalmente familiares o amigos de los que ya estaban acampados.
Recuerdo bien a Pepito quien marchaba en ese grupo y que me había enseñado a confiar en la fidelidad de los compas al salvarme la vida semanas antes.  El muchacho era el hijo mayor de Macario, que había luchado con Chebo cuando intentaba dispararme, presa de sus alucinaciones esquizofrénicas cuando realizaba mi trabajo de chequeo médico general a todos los miembros de su campamento en San Lucas. “Voy a matar a este oreja”, había dicho el desquiciado mental, sacando con rapidez su 9 mms.  Antes había prevenido al jefe sobre ese riesgo al mantener armado a un esquizofrénico que hacía semanas no tomaba sus medicamentos y estaba en crisis psicótica (pensamientos obsesivos, delirios de persecución, alucinaciones auditivas-visuales).   Lo único que había logrado era que pusiera a Pepito dispuesto a todo para cumplir su misión de cuidarlo y neutralizarlo en caso intentara usar su arma y que no hubiese un muerto innecesario de los acampados.  A lo sumo Pepito tendría 18 años, que fiel a su energía de adolescente y su misión, había volado como un buen cancerbero para coger la mano armada de Chebo, cayendo ambos al suelo y luchando por hacerse de la pistola.  Lo había desarmado y a su tierna edad había aplicado en forma maestra los trucos de cómo desarmar a otro.  Desde entonces empecé a confiar en la fidelidad y entrega de los compas[2] a quienes no les importaba dejar su propia vida, en aras de cumplir la misión encomendada, además de proteger la vida de otros.
Volviendo al desplazamiento de aquella noche, en donde no sólo era agua sino que  también había viento y no era permitido alumbrar abiertamente; había que cubrir la lámpara y alumbrar bajito para no ser detectado a distancia por la vigilancia de los señores del poder militar. Hacía unos 10 minutos que se escuchaba un bufido que por momentos arreciaba.  Ese ruido que se oye, es señal que está crecido el rio”, dijo Pepito. “A ver si podemos pasar”.  Ya veremos; tenemos que llegar hoy al Escondido, a la casa del Chele Will”, respondió Macario con voz grave.
Pasando veredas, evitando puntos críticos[3]y cruzando huatales a campo traviesa, llegamos a las riveras de un río crecido en su caudal. La lluvia había cesado, pero el río de La Joya no podía ser cruzado por lo fuerte de la corriente.  Macario, como todo experto, sacó de su mochila un lazo, lo amarró al tronco de un árbol, y dándole la otra punta le dijo a su hijo Pepito: “Ve a amarrarlo templado al otro lado, no lo sueltes, así pasaremos todos”.
-Está bien -contestó pepito
-Ya está, sólo que la corriente está bien fuerte, sólo me llega al cuello…Hay que agarrarse con fuerza.
-Esperaremos 15 minutos que baje un poco la chiflonada -dijo Macario.
Después de haber pasado sin quitarnos la ropa ni zapatos, continuamos caminando un rato más.  La lluvia se había calmado y solamente se sentía el ruido que hace la ropa y zapatos mojados al rozar con el monte del camino.  Se veía una luz a distancia. “Hasta ahí llegaremos y nos calentaremos antes de dormir”, dijo Macario, para reanimar en el último tramo de camino al cansado grupo que guiaba.
-Esperen un momento -indicó Macario. “Me adelantaré para gritar el santo y seña y evitar una confusión del posta”.  Con la tenue luz de su lámpara de mano, Macario nos hizo seña que podíamos continuar.
-Pues con la novedad que le traigo al doctor a su zona, compa -exclamó Macario al entrar a la casa donde descansaríamos esa noche para empezar la rutina de chequeos .en los campamentos.
-Los esperábamos hasta mañana, pero es bueno que estén aquí ahora. Siempre es más seguro caminar durante la noche bajo una tormenta, sólo que es peligroso pasar el río; pudieron ser arrastrados  y ahogarse  -comentaba Paco.
- Pasamos con la ayuda de un lazo -dijo Pepito.
-Descansen compas, ya les preparan cena y mientras tanto usted doctor póngase esta ropa seca para que no se nos vaya a enfermar y quedemos sin chequeo.
Vi una gran diferencia en cuanto a condiciones que había visto antes en mi peregrinar por los diferentes rumbos en donde hacía mi trabajo.  Siempre había caminado durante el día apreciando el camino, los cerros, el paisaje que me relajaban al apreciarlos y hacían menos pesado el caminar.  Llegaba a una casa en donde los acampados hacían una rutina de trabajo y durante la noche salían a dormir en el monte con dos centinelas en dos rumbos, los considerados a vigilar.  Hoy  en El Escondido, Guacamaya, miraba una casa con algunas comodidades de hogar: un amplio corredor a la entrada, mesas, sillas, hamacas, canceles separando la sala de los dormitorios, etc. Y, lo mejor de todo, incluyendo la calurosa bienvenida, fue lo reconfortante de la ropa seca y la cena que me pareció suculenta por primera vez desde que andaba en ese peregrinar en los lugares que se convertirían pronto en los frentes de guerra.  Huevos picados con cebolla y chile verde, frijoles molidos en piedra y fritos, abundante cuajada con crema colada; era un manjar agregándole las tortillas bien hechas y calientes que me hicieron añorar las que hacia mi madre.  No era campamento al que habíamos llegado, era la casa de una base de apoyo, la casa de la familia de Will Chele[4] , que por lo percibido tenían algunas comodidades no comunes en aquellos lugares en tiempos de persecución.  Fue grata la noche, aparte que dormí como un tronco hasta que me despertaron los gallos y berridos de las vacas con sus terneros amamantándolos para dar su generosa leche a los propietarios; no tenía ronchas de picada.
Con fuerzas repuestas temprano por la mañana me levanto al escuchar una conversación que provenía del corredor de la casa; la puerta estaba un poco abierta y entraba en parte la conversación…
-Buenos días compas, disculpen. Me parece que están en reunión formal.
-Pues sí, estamos tratando de arreglar algunas cositas aquí con Paco. El asunto es que aquí el compa no quiere tomar este punto en serio -me responde Benito (Fabio Argueta) a quien ya conocía en San Salvador. Algunas veces cuando tenía reuniones los responsables a nivel nacional del trabajo del frente de masas LP28, me daban la tarea de guiarlos desde la terminal hasta la UES. 
-Bien, entonces hablo con ustedes cuando terminen.
-Nooo, de ninguna manera. Creo que viene a tiempo para integrarte a esta reunión de colectivo; pienso que con tres habría mejor discusión del asunto.  ¿Qué tú crees, Paco?
Paco sonríe en forma franca y dice poniendo un tono formal:
- Bien Benito, si de veras quieres hablar en serio, pues es bueno que integremos a Fidel; no nos caerían mal sus opiniones que deben ser acertadas.
El jefe militar era Paco y el político Benito, que también le decían Beniton, por ser alto y corpulento.  Había una diferencia notable de edad y por supuesto de experiencia entre ellos.  Beniton, robusto, piel morena, con sonrisa continua mientras hablaba, mediana edad, cuarentón proveniente de los catequistas formados en la línea de la teología de la liberación, con gran liderazgo en Morazán, al igual que Atilio Vázquez, “Aquiles”.  Paco, un muchacho de pueblo pero urbanizado, vestido a la moda de la época, gran admirador de Elvis Presley, trabajó en la capital en el Hotel Sheraton un tiempo, joven en sus 24 años, piel blanca, casi rubio ondulado y un poco largo su pelo, mirada  suave pero penetrante con una sonrisa fraterna que le acompañaba al interactuar con alguien.


Era una nueva experiencia el asistir a una reunión del trabajo campesino;  no era cualesquier  reunión.  Ellos eran los responsables del colectivo de conducción de la zona que abarcaba desde El Escondido (La Guacamaya), Las Cañas, Estancia, Calavera, La embajada y El Extranjero. No recuerdo la ubicación exacta de esos seudónimos de lugares. Para ese entonces  ya contaban con 8 campamentos y los pueblos más cercanos eran Joateca, Cacaopera y Corinto.
Se tornó, aparte de formal, bastante interesante la reunión tratándose primero el punto que les ocupaba a ellos  que era de “crítica y autocrítica”[5], informes de trabajo, informantes del enemigo y trabajo a desarrollar en la zona.  Este último era donde plantearía mi punto: desarrollaría un chequeo médico, vacunación, curso de brigadista y el tipeo de sangre para tener la información y un banco de sangre.  Aprovechaba la consulta para tipiar la sangre de todos los futuros combatientes,  parte de mi equipo en la mochila incluía los químicos de un banco de sangre, mínimo material quirúrgico, torundas, un par de guantes estériles, hilos de sutura, sueros, un cuaderno en donde la lista crecía en cada campamento, etc.  Paco era bastante florido en la amistad con las muchachas.  Ese era el punto que le preocupaba a Benito, y más que llamarle la atención le aconsejaba como un padre a su hijo, para evitarle dificultades que repercutieran en su liderazgo y trabajo de la zona. 
-¿Y yo qué puedo hacer?  A lo único que me comprometo es a ser más discreto. Vos también debés de entender Benito, también tuviste mi edad y deberías recordar como fuiste. Bueno, yo no sé si aún tu corazoncito se alegra con las muchachas… Paco se defendía entre serio y broma.  Benito enrojecía por momentos.  
-Este punto lo seguiremos tratando, pues creo algo hemos logrado al discutirlo hoy.  Pasemos a los otros puntos y veamos lo del trabajo de Fidel.  Los tres coincidimos en el proceso de consolidación del trabajo con la formación y estructuración de las Brigadas Médicas en lo rural.
-Cuenta con nosotros Fidel; siempre tendrás buenos guías en tus desplazamientos y la colaboración de los jefes de campamento.  Les enviaré un correo informándoles que estás en la zona y que te faciliten todo lo necesario para acelerar tu trabajo.
-Bien, me gustaría llegar a la clínica del Pajarito, ahí hay algunos brigadistas que atienden algunos heridos, los revisaré hoy luego planearemos visitar los campamentos de ser posible 1 por día incluyendo  las caminadita en las cuestecitas como ustedes dicen.
-Voy para Las Cañas, el campamento de Los Naranjos; en el camino queda la clínica del Pajarito.  Estoy pensando que al haber limpiado de algunos orejas en las riveras del rio Torola, camino a Corinto y hacia Cacaopera, las veredas se tornan menos riesgosas.  Esos lugares de Piedras Bellas y El Extranjero sería mejor que los veas primero y al final ves Los Naranjos.  Te invitaré a almorzar mañana en Joateca; tengo una hermana que creo te va a gustar (Paco sonríe como pensando para sí mismo),.. Y luego te mando a dejar al campamento de Las Tortugas; hay que pasar el rio por una garrucha.
Conocí la familia del jefe de la zona, me enteré que estaban de duelo por haber sido asesinado un hermano en la terminal de buses de San Miguel.  La hermana aún se vestía con  falda negra guardando luto.   En Estancia y Calavera me llamó la atención los rasgos sangre pura de indígenas; a todos los veían parecidos; no los distinguía y les preguntaba en la consulta si no se estaban repitiendo, sacando ventaja de la misma. Ellos se reían diciéndome con voz chapetona y característica del lugar: “nosotros no engañamos a los compas, podemos engañar al enemigo”.
Me llamó más la atención un campamento el cual la jefe de cocina era una anciana con rasgos ladinos, pelo blanco, mientras el jefe del mismo era un señor también de avanzada edad pero con rasgos indígenas.  Aquí el parecido de los muchachos y muchachas sí que era más similar que en los anteriores campamentos. Todos tenían buenos modales, mantenían el lugar bien aseado, todo bien limpio.  Hablando con el jefe una vez terminada la consulta, me comentó que todos eran de la misma familia Ortiz-Pérez o Pérez-Ortiz.  Los jefes eran los padres del sacerdote Octavio Ortiz Luna[6], que fue párroco de la ciudad de Mejicanos, y quien fuera asesinado en El Despertar.  Lo siento”, les dije, después de la narración recibida. “Con mi familia vivimos en Zacamil y escuché esa madrugada la balacera en donde asesinaron a su hijo junto con los jóvenes que recibían catequesis”.
La zona fue cubierta en dos semanas por las distancias y porque se formaban campamentos cada tres días al darse cuenta que había chequeo médico, algunas medicinas y cursos para formar brigadistas.  Mártir, (Eugenio Romero) hermano de Paco, fue valioso con su apoyo como guía y por la cantidad de personas que conocía, por su labor curativa y por ser predicador de la palabra como catequista de la teología de la liberación, tareas que desempeñaba desde muchos años antes.
Estructuras en gran actividad.
....”Lo que pasa es que la gente del ERP me propuso que me desligara de las tareas de solidaridad y colaborara en los preparativos de un eventual alzamiento insurreccional y una ofensiva que se estaba preparando. Me pidieron que participara en estas operaciones en la parte médica”... (entrevista Alberto)[7]
Para esos días los hermanos Caballero dejaron de ir a la ciudad a sus reuniones y actualizar línea de trabajo.  Balta, que era el representante del trabajo de oriente ante la Comisión Política de la organización, llegó hasta el puesto de mando de Quincho a tener una reunión ampliada con los responsables de Zona.  Pude ver juntos a todos los mandos con quienes me había relacionado por 4 meses.  Además de ellos, también estaban incluidos los nicaragüenses.  Fue de varios días dicha reunión en la que se comentaba que la próxima seria para iniciar la ofensiva final.  Al irse Balta se inició gran actividad en todas las zonas y estructuras.  Nosotros en la Brigada Médica, por tener la línea directa del colectivo de San Salvador sobre la consolidación de la estructura rural que atendería a la fuerza cuando se creara, teníamos meses adelantados al resto de estructuras, más bien había una gran cooperación a nuestro trabajo, facilitándonos el personal que solicitábamos para los cursos.  Así fue posible tener contacto con todo lo que involucraba a personas acampadas así como también a sus familias y amigos.
Las Brigadas Médica en crecimiento.
Uno de los primeros cursos para formar brigadistas en desarrollarse fue en La Guacamaya.  Con la colaboración de las jefaturas de entonces (Felipe, Altagracia, Paco, Benitón), se montó un curso de jóvenes para formarse.  Sólo se pedían dos requisitos indispensables: Saber leer y querer tomar el curso.  Había bastante expectación entre los presentes, las primeras clases cuando se inauguró, algunos jefes de varios campamentos asistieron para enterarse como eran esas clases y el tipo de práctica que hacían.  Esto era más específico y selectivo que las primeras visitas hechas en donde se daban charlas educativas en salud preventiva y arrastre a todos los acampados en el lugar que visitábamos.
De tanto caminar y visitar lugares, poco a poco nos fuimos informando en forma general sobre las necesidades. Por ejemplo, había heridos con secuelas como producto de inadecuada cicatrización y falta de rehabilitación. Todo eso se integraba en los cursos y reuniones.  Se usaba bastante el correo escrito como una forma de comunicación para consulta de dudas o notificar algo de interés. Con frecuencia se escuchaban detonaciones y reventazón de granadas de tirro, se veía el humo a distancia.  Los lugareños de inmediato salían a ver y decían: ”Es la emboscada”. “Es el armamento del pueblo”. Y hasta se atrevían a predecir si era a vehículo o tropa terrestre a quien le habían explotado abanicos o bombas de contacto.  Aquella gran cantidad de civiles acampados se moralizaban con todos los rumores y decían que la ofensiva no duraría mucho para tener el triunfo porque había más organización que en Nicaragua al triunfo de su Revolución.  Maximiliano decía que dependía si éramos capaces de hacernos de una cantidad de armas suficientes para poder asaltar un cuartel, que de ahí pa delante nadie paraba a un pueblo con su vanguardia. Se escuchaban rumores fuertes que la FAES preparaba un operativo grande al departamento, una invasión decían los compas, diferente a las escaramuzas tenidas en lo que iba del año 1980.
En los campamentos, aparte de la rutina de ejercicios en cada lugar, también se estaba pasando un curso para preparar jefes de escuadra.  Un día me llamaron para que fuera a chequear los que estaban en el curso intensivo militar impartido por un nicaragüense, Pedro[8] que también estaba en el grupo de mandos que Balta atendía en su reunión kilométrica.  Cuando llego al campamento que ocupaban como escuela, era una casucha enmontada deshabitada, el lugar estaba solo, el guía me dijo que era el curso de mandos.  Al rato de estar en el lugar, llegó el rancho para los cursillistas, pocos minutos después nos dimos cuenta que estábamos rodeados al escuchar la gritería llamándonos alto y apuntándonos con pedazos de madera simulando portar un fusil.  El taller de explosivos en La Barranca, trabajaba sin descanso y los correos trasladaban materiales para todos los rumbos.  Quincho que había establecido el puesto de mando en La Laguna de la villa El Rosario, revisaba correos y daba respuesta enviando material explosivo o munición.
Estando un día en el campamento de La Barranca, me llega el aviso que había ocurrido un accidente, que los compas durante la noche habían emboscado a una correo, le habían reventado varias bombas de contacto al no responder la consigna.  Había que ir a atenderla. Me sorprendí al ver a una morena jovencita de pseudónimo “Mabel” que tenía destrozada prácticamente su mano izquierda y mucha metralla de rocas incrustadas en las piernas. Era la compañera sentimental de Walter, el jefe del taller de explosivo.  Casi matan a la mujer de nosotros, me comentaba Walter un poco preocupado, al darme la indicación que la fuera a atender. A mi regreso lo tranquilicé diciéndole que sanarían sus heridas sin mayores limitaciones.
Mi lugar era móvil entre La Guacamaya, La Curva de Meanguera, La Barranca y La Laguna de la villa.  En el puesto de mando, estaban los hermanos Caballero (Quincho, Melo); los nicas (Maximiliano, Isaac, Orlando, Iván y a veces Pedro).  Maximiliano fungía como asesor del puesto de mando, e Isaac prácticamente fungía como su asistente. Los demás se desplazaban a zonas donde necesitaban instrucción militar.  Emiliano recibió una queja que uno de ellos había maltratado a los compas en un entrenamiento y lo llamó a reunión para clarificarle que era diferente el trato, muy diferente al que acostumbraba en la Guardia del Chigüín[9]. Orlando había sido oficial de ese cuerpo represivo y se había incorporado al sandinismo de donde fue reclutado para venir a Morazán, a ayudar a preparar militarmente el trabajo del ERP.  En ese lugar hice mi primera posta con un fusil G3.
“No siempre hará posta porque si lo perdemos a usted todos quedamos jopdidos, pero es necesario que aprenda el uso de este papagayo”[10], me dijo Emiliano.  En menos de 5 minutos recibí el entrenamiento de cómo hacer el desarme de campaña y usar aquel fusil que era el oficial de la benemérita Guardia Nacional, además del significado de la posta;[11] aquella explicación la tuve presente por siempre en el periodo de guerra.
Para esos días  ya se habían creado lugares con algunas condiciones para atender a los heridos que salían, ya fuera por enfrentamientos en las emboscadas o por algún accidente que ocurría cuando alguien se desplazaba y no conocía los lugares de posta o la consigna durante la noche.  En las clínicas había brigadistas, algunos heridos  que necesitaban curaciones diarias y enfermos en recuperación.  Las primeras clínicas que funcionaron fueron en La Curva de Meanguera, en La Guacamaya y El Pajarito. Estos lugares eran como el inicio de lo que fueron los hospitales meses y años después, que evolucionaron en correspondencia al desarrollo de la fuerza guerrillera, operaciones militares a desarrollar y estabilidad de las zonas.
Técnicamente al inicio sólo se contaba con una estructura de brigadistas que teóricamente habían recibido cursos en San Salvador, y que en la práctica por las necesidades que se presentaban en sus lugares de origen, se iban formando.  Algunos aprendieron no sólo a parar sangramientos, inmovilizar miembros o inyectar, sino que fueron preparados como anestesistas, auxiliares en cirugía mayor, trabajo odontológico, etc.  El abastecimiento de alimentos se hacía con las colaboraciones en especie o dinero que daban los simpatizantes.  Siempre las estructuras de la Brigada Médica tuvieron privilegio en el abastecimiento.  A manera de broma decíamos con Rogelio Ponsele meses o años después: El cura y el médico donde quiera son bienvenidos y atendidos, digo en la población civil, porque los compas no hacen mucha diferencia con nosotros… pero en cuanto a alimentación creo que nos va bien siempre.



[1] El nombre de guerra, conspirativo, dado a La Guacamaya
[2] Copañeros de ideales
[3] Eran lugares de mayor peligro para los que se desplazaban.
[4] Este muchacho era parte de un grupo de jóvenes que viajarían al exterior a Cuba a recibir cursos militares. Fue uno de los mandos de columna cuando se fundó la BRAZ
[5] Método de revisión aplicado en los campamentos y colectivos de trabajo, en donde se hacía evaluación del desempeño, sacando las debilidades y errores cometidos en la ejecución de las tareas, asumiendo compromisos de corregir fallas o errores en adelante.  Todos aprendían y todos eran sujetos a señalamientos.
[6] Octaviano (Octavio).  Sacerdote Nacido en el cantón Agua Blanca, Cacaopera, asesinado por la Guardia Nacional junto a 4 jóvenes que recibían catequesis en El Despertar, San Antonio Abad, San Salvador, asesinado en la madrugada del sábado 20 de enero de 1979.
[7] Salubrista internacionalista mexicano, entrevistado por H. Ibarra
[8] Era un nicaragüense internacionalista integrado en 1980, se cambió de pseudónimo a Mario El Chocho.
[9] Apodo con el que identificaban al jefe de la guardia nicaragüense , hijo del dictador Anastasio Somoza de Bayle.
[10] Los nicaragüenses llaman al fusil G3 como Papagayo.
[11] Centinela con capacidad  para dar alarma, cuidar, proteger, garantizar seguridad de un grupo o persona, o cosa, con capacidad siempre de sorprender al que llega, jamás ser sorprendido, misión sagrada importantísima.

lunes, 27 de enero de 2014

Resumen del Libro "Acohólicos Anónimos



Por Baneste

Portada del "libro grande" de A.A.



Capítulo I: La Historia de Bill


El primer capítulo del libro Alcohólicos Anónimos (popularmente conocido al interior de la comunidad A.A. como Libro Azul) nos relata la historia de Bill W., un exitoso corredor de la Bolsa de Valores de Nueva York, cuyo alcoholismo lo condujo al fracaso profesional y a la bancarrota económica, física, moral y espiritual.


Habiendo intentado muchas veces mantenerse sobrio usando su fuerza de voluntad sin poder lograrlo, finalmente consiguió dejar la bebida de manera definitiva, luego de haber experimentado un "despertar espiritual", después de haberse reunido con un viejo amigo quien había logrado la sobriedad apoyándose en un sencillo programa de 24 horas y trabajando con otros alcohólicos.


Capítulo II: Hay Una Solución


El segundo capítulo de este interesante libro nos describe con acertada exactitud las características de un alcohólico auténtico, en comparación con los que se denominan bebedores sociales o bebedoras normales. El enfermo alcohólico (el alcoholismo ha sido considerado una enfermedad por la Organización Mundial de la Salud, OMS) puede empezar como bebedor moderado, y puede o no convertirse en un bebedor asiduo, pero en alguna etapa de su carrera como bebedor, comienza a perder todo control sobre su consumo de licor una vez que empieza a beber. En su estado normal puede ser una magnífica persona, pero cuando bebe alcohol se vuelve repugnante y antisocial.


De manera simplificada, la solución se plantea como un proceso que requiere un examen de conciencia, la nivelación del orgullo o la confesión de faltas.


Capítulo III: Más Acerca del Alcoholismo


En este capítulo se plantea la necesidad de admitir plenamente, en lo más profundo del ser, la condición de alcohólico, puesto que éste es el primer paso hacia la recuperación.


Capítulo IV: Nosotros Los Agnósticos


En esta parte del libro se plantea que el alcoholismo es una enfermedad que sólo puede ser vencida por una experiencia espiritual. Esto se certifica con el hecho de que casi la mitad de los miembros originales de A.A. se consideraban agnósticos o ateos, y aunque al principio trataron de eludir el tema, después de algún tiempo tuvieron que enfrentarse con que tenían que encontrar una base espiritual en sus vidas. Se establece que para estos alcohólicos el dilema era la falta de poder y necesitaron encontrar un Poder Superior. Se explica que el Reino del Espíritu es amplio, espacioso, siempre inclusivo, nunca exclusivo, o prohibitivo para aquellos que lo buscan con sinceridad.


Capítulo V: Cómo Trabaja


En este capítulo se recalca la necesidad de ser honrado consigo mismo, a fin de llevar a la práctica el programa de recuperación de A.A., remarcándose el hecho de que solamente las personas desdichadas que no son capaces de ser honestas, o que padecen de graves desequilibrios mentales, no se recuperarán del alcoholismo porque no se entregarán por completo al programa de los doce pasos.


No hay atajos con respecto a la puesta en práctica del mencionado programa; se debe proseguir sin temor y con profundidad desde el comienzo. Los Doce Pasos de A.A., son:


1. Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables.


2. Llegamos a creer que un Poder Superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio.


3. Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos.


4.  Sin temor, hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos.


5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos.


6. Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de todos esos defectos de carácter.


7. Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros defectos.


8. Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos.


9. Reparamos directamente a cuantos nos fue posible, el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros.


10. Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocábamos lo admitíamos inmediatamente.


11. Buscamos, a través de la oración y la meditación, mejorar nuestro contacto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer su voluntad con nosotros y nos diese la voluntad para cumplirla.


12. Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a otros alcohólicos y de practicar estos principios en todos nuestros asuntos.


 Se aclara que estos doce pasos son sugerencias, no son órdenes, y no se pretende la perfección en la práctica de dichos principios.


En este capítulo se resumen las tres ideas hilvanadoras de este libro hasta este punto:


a) Que éramos alcohólicos y que no podíamos controlar nuestras vidas.


b) Que probablemente ningún poder humano podría habernos rescatado del alcoholismo.


c) Que solamente un Poder Superior (Dios) podría y lo haría si le buscábamos.


Capítulo VI: En Acción


Los primeros tres pasos del programa de A.A. solamente implican admisión, pero a partir del cuarto paso en adelante comienza la acción. En este sentido, el paso número cuatro (realización de un inventario moral) es crucial para el éxito en la recuperación del alcohólico, al igual que lo será la admisión de los defectos de carácter y faltas ante otra persona, al igual que todos los pasos restantes.


En cuanto al quinto paso, se observa que se debe de proceder con mucho cuidado al seleccionar a la persona ante quien confesaremos nuestras fallas y defectos, porque puede resultar contraproducente el hacerlo ante alguien que no esté capacitado para ello. Muchos escogen a su consejero espiritual (sacerdote o ministro religiosos), pero muchos otros prefieren a una persona común y corriente, totalmente desconocida, que esté dispuesta a cooperar en este importante aspecto del programa. Con la misma cautela se recomienda proceder a la hora de reparar daños, puesto que podría haber personas que preferirían no saber nunca más del alcohólico que las afectó.


Capítulo VII: Trabajando con Otros


De entrada se asevera que la experiencia demuestra que no existe nada que asegure la inmunidad a la bebida como el trabajo con otros alcohólicos, es decir, la puesta en práctica del doceavo paso. Se dan una serie de muy importantes recomendaciones para proceder con los alcohólicos que se pretende ayudar de manera que el esfuerzo realizado sea exitoso.


El libro de alcohólicos anónimos contiene además tres capítulos específicamente dirigidos a las esposas, a la familia después y a los empleadores, cerrando con Una Visión para Tí, que viene a ser un mensaje final de esperanza para el alcohólico.


En la parte final del libro se incluyen (dependiendo de la edición) numerosas historias de alcohólicos en las que se narran sus experiencias como bebedores activos y de cómo lograron recuperarse.