lunes, 16 de abril de 2018

A Propósito del Surgimiento de la Cinematografía



Muy interesante exposición por parte de Vicente Blasco Ibáñez, excelente novelista español, en referencia a las críticas en oposición al recién surgido arte cinematográfico a principios del siglo veinte. Su similitud a las críticas y temores que se expresan en toda época cuando surgen nuevas expresiones artísticas y/o tecnológicas es reveladora.


Imagen tomada de Wikipedia.org


Vicente Blasco Ibáñez, refiriéndose a la reticencia con que algunos literatos habían recibido la cinematografía, expresa: Como todo progreso, ha encontrado numerosos enemigos, que fingen despreciarlo; especialmente entre los escritores faltos de las condiciones necesarias para servir a este arte, aunque lo deseasen. La llamada República de las Letras es un estado conservador y misógino, que se subleva instintivamente ante toda novedad y la repele con sarcasmos que cree aristocráticos.

Cuando se inventó la imprenta, una gran parte de los literatos de entonces también la consideraron como algo populachero y ordinario, que nunca podría gustar a los espíritus escogidos. Fue preciso el transcurso de algunas decenas de años para que todos se convenciesen de que el libro impreso, aunque menos hermoso que el códice escrito a mano y con letras capitulares artísticamente iluminadas, servía mejor a la difusión de las ideas y al mejoramiento intelectual de la humanidad.
Dentro de un siglo las gentes se asombrarán tal vez al enterarse de que hubo escritores que presenciaron el nacimiento de la cinematografía y no hicieron caso de ella, apreciándola como una diversión pueril y frívola, buena únicamente para el vulgo ignorante
.
Conozco todas las objeciones contra el cinematógrafo y su creciente difusión. Son las mismas que todavía a estas horas formulan algunas devotas, en el fondo de las provincias, contra la novela y contra el teatro, creyéndolos la perdición de la humanidad y la causa de todas las inmoralidades existentes.

Si la cinematografía no hubiese de dar en el curso de su desarrollo otras cosas que el sainete grotesco é inverosímil que hace reir con payasadas de clown, ó las historias de ladrones y detectives, yo abominaría de ella, como lo hacen muchos. Pero el nuevo arte está todavía en los primeros vagidos de su infancia; no tiene más allá de veinticinco años de existencia—que equivalen a veinticinco minutos en la historia de un invento útil—, y nadie sabe hasta dónde pueden llegar el desarrollo de su juventud y el esplendor de su madurez.

También la novela dio en distintos períodos de su vida una floración de libros que tuvieron por héroes a bandidos «simpáticos» o tenebrosos y a policías «providenciales», y a nadie se le ocurre decretar por ello la supresión de dicho género literario. Al lado de la novela psicológica y de observación directa existirá siempre la novela de folletín. Y lo mismo puede decirse del teatro. Juntos con el drama y la comedia, atraerán siempre a una gran parte del público el melodrama espeluznante ó la farsa grotesca.

La cinematografía no iba a librarse de esta división impuesta por los dos gustos diversos y antitéticos que se reparten la gran masa del público. Como ocurre en la infancia de todo arte, el primer producto del cinematógrafo ha sido el melodrama terrorífico y la farsa que hace reír hasta desquijararse, géneros que con más rapidez atraen a las multitudes. Pero ahora, después de dos docenas de años de existencia, los que nos preocupamos del desarrollo cinematográfico vamos viendo cómo se afina el gusto del público en las naciones más instruidas y cómo al lado de las historias para reír y las tragedias detectivescas surgen las primeras manifestaciones de la verdadera novela cinematográfica, con caracteres extraídos de la realidad, observaciones psicológicas y una fábula que mantiene despierto al mismo tiempo el interés del espectador.

Yo creo próximo el nacimiento de muchas novelas cinematográficas que serán al mismo tiempo grandes obras literarias. Pero estas novelas resultan de más difícil producción que una novela en forma de libro, ya que en ellas no es posible lo que en la jerigonza literaria llamamos el «relleno».

* * * * *

La cinematografía no es el teatro mudo, como creen muchos; es una novela expresada por medio de imágenes y frases cortas.

El teatro tiene convencionalismos de lugar y de tiempo, impuestos por los breves límites de un escenario, y de los cuales no puede librarse. En cambio, la acción de la novela no reconoce limites; es infinita, como la del cinematógrafo, y puede componerse de tres o cuatro historias diversas, que se desarrollan a la vez, y al final vienen a confundirse en una sola; puede tener por escenario los lugares más diversos de nuestro planeta.

Una obra teatral llegará, cuando más, hasta siete actos y cambiará sus decoraciones quince o veinte veces: pero le es imposible ir más allá. Una novela, lo mismo que una historia cinematográfica, puede disponer de tantos escenarios como capítulos, tener por fondo los más diversos paisajes y por actores verdaderas muchedumbres.

Repito que el «séptimo arte» es novela y no teatro, y tal vez por esto todas las obras teatrales célebres que fueron trasladadas al cinematógrafo pasaron inadvertidas, mientras las novelas famosas, al ser filmadas, obtuvieron grandes éxitos, agrandándose el interés de su fábula con la plasticidad de los personajes que el lector sólo había podido imaginarse vagamente a través de las líneas impresas.
La multiplicidad de los idiomas con que expresan los hombres su pensamiento representa para el artista literario un obstáculo que no conocen el pintor, el escultor, ni el músico. Es cierto que los traductores se encargan de salvar este obstáculo; pero por grande que sea su pericia y la conciencia con que realicen su trabajo, ¡resulta siempre tan diversa la novela traducida de la novela original, y se pierden tantas cosas en el traslado de una a otra!…

En cambio, la expresión cinematográfica puedo proporcionar a la novela la universalidad de un cuadro, de una estatua ó de una sinfonía. Los rótulos del film y la necesidad de traducirlos representan poca cosa en esta clase de obras. Lo importante es la imagen vivida, la acción interpretada por seres humanos, valiéndose del gesto, que ignora el estrecho molde de las sílabas.
Gracias a este nuevo medio de expresión, el novelista que por su nacimiento pertenece a un país determinado puede tener por patria intelectual la tierra entera y ponerse en comunicación con los hombres de todos los colores y todas las lenguas, hasta con los que viven en los límites de un salvajismo recién abandonado. Por medio del «séptimo arte», un autor puede en la misma noche contar su historia imaginada a los públicos de Nueva York, Londres y París, a las muchedumbres cosmopolitas de los grandes puertos del Pacífico a los árabes que llegan a caballo al aduar del desierto donde funciona el modesto aparato del cinematografista errante, a los marineros que invernan en una isla del Océano Glacial y entretienen sus noches interminables con el relato mudo de las novelas luminosas.

La cinematografía depende del desarrollo industrial de un país y de su riqueza.
El libro también necesita sujetarse a la influencia de estos dos factores; pero un editor de novelas impresas puede establecerse en cualquier parte donde existan imprentas y almacenes de papel, y le bastan unos cuantos miles de pesetas para publicar sus primeros volúmenes.
Las casas editoriales de cinematografía necesitan capitales de millones y crear por su propia cuenta inmensos talleres. Además, les es indispensable tener a sus espaldas la grandeza de una de esas naciones que son primeras potencias industriales, para encontrar con facilidad energías eléctricas gigantescas, fábricas capaces de producir nuevas maquinarias: en una palabra, para disponer de poderosos aliados y servidores.

Por este motivo, el más enorme de los pueblos americanos es y será siempre el primer productor cinematográfico de la tierra. Francia, que inventó la cinematografía, figura actualmente como una simple importadora de films facturados desde Nueva York.

(Extractos tomados de El Paraíso de las Mujeres, de Vicente Blasco Ib[a;ez, 1922)


martes, 10 de abril de 2018

Se Murió Susie




Por Baneste

La única vez que tuve un perro fue a la edad de diez años. En realidad, el perrito pertenecía también a mi hermano, quien era un año menor que yo, ya que fue un regalo que nuestro padre nos hizo a ambos. Se trataba de un cachorrito que aún necesitaba de mucho cuidado, aunque ya se podía jugar con él y llevarlo en caminatas alrededor de la casa y por el solar que se extendía hasta un cafetal colindante. Nos habían recomendado alimentarlo con leche y nosotros a nuestra corta edad, hacíamos lo posible por criarlo de la mejor manera. Estábamos contentos; nos sentíamos felices, como si nos hubiesen regalado todos los mejores juguetes del mundo. Y es que muchos niños (y creo que algunas niñas también) consideramos que las mascotas son juguetitos.

Con mi hermano jugábamos a cada instante con el pequeño can, excepto cuando estábamos en la escuela. Afortunadamente para el cachorro –que aunque era muy juguetón, era aún muy tierno para ser sobre exigido– en ese tiempo las clases se extendían de ocho de la mañana a doce del mediodía, y de una a las cuatro de la tarde. Estábamos tan encantados con nuestro animalito que habíamos dejado de concurrir al predio baldío que estaba al final de la calle de nuestro vecindario, donde se juntaba toda la chiquillería del barrio para jugar al ladrón librado, al trompo, al Fútbol, al Yo-yo, capirucho, etc.; juegos de aquella época cuando todavía no existían las computadoras, ni las tabletas digitales, ni las consolas de vídeo juego, ni las poderosas mini computadoras portátiles llamadas teléfonos celulares. Y por la noche, lo dejábamos tranquilo en un rincón de nuestro dormitorio, donde le habíamos arreglado un nidito con pedazos de trapos viejos.

Sin embargo un día, al volver de la escuela a la hora del almuerzo, nos encontramos con nuestro cachorro muerto. Después de la muerte de nuestra madre nunca nos habíamos sentido tan tristes, pues quizás nunca habíamos querido tanto a otro ser que nos abandonara para siempre. El mediodía era caluroso como todos los del trópico, especialmente en la estación seca, pero antes de comer cavamos con mi hermano una pequeña fosa en el patio de la casa y depositamos allí el cadáver del perrito; lo cubrimos de tierra y –a la usanza de las sepulturas cristianas de seres humanos– le colocamos una cruz que toscamente elaboramos con dos palos rollizos. Y la memoria de ese pequeño perro ha persistido en mi mente a través de largo tiempo junto a la de los seres más queridos que han fallecido, incluyendo mi hermano. Y tal vez ese dolor, tanto dolor, a una edad infantil, haya sido determinante en mi decisión de nunca jamás volver a tener un perro.

Esa convicción se ha ido fortaleciendo a través del paso de los años al llegar a comprender, por medio de observar, el por qué los seres humanos tienen tanta fascinación con los perros. En el país donde yo crecí había regiones rurales donde los perros eran tan famélicos como sus amos, expresión inequívoca de una pobreza extrema; pero había campesinos que tenían hasta cinco canes. Al llegar a vivir a Estados Unidos descubrí que los perros son adoración casi sagrada, tanto en las áreas rurales como urbanas, y tener uno es casi una obligación; y el no tenerlo, o no demostrar afecto a uno que se encuentre guiado por su dueño, se considera estrambótico. Es como no sonreír automáticamente; es como tirarse un pedo en público, aunque sea involuntariamente, es en contra de las normas sociales. Y es muy triste ver que personas que viven en cuartuchos pequeños, en donde apenas cabe una cama y alguna mesa chica con una silla, tengan el valor de tener un animal encerrado en tan reducido espacio solamente porque necesitan compañía.

Me consideré dichoso cuando, al casarme, coincidentemente mi amada esposa tampoco deseaba tener perros, aunque nunca abordamos las razones de cada cual. Pero al cabo de algún tiempo, cuando nuestro hijo alcanzó los doce años de edad, y yo tenía ya un buen rato de estar fuera del hogar por el divorcio, él exigió que le dieran una mascota canina. Lo supe durante una visita que hice para estar con él. Aunque se me pidió una opinión, solamente me limité a expresar que el tener un perro implicaba una gran responsabilidad, y que consideraba una crueldad los descuidos con respecto a estos animales. Su madre le concedió su deseo, y después de una búsqueda un tanto cuidadosa, trajo a su casa una hermosa perra blanca, de ojos vivacísimos, peluda, de nombre Susie. Esa perra fue feliz en esa casa porque tiene un gran solar en su parte trasera, y mi exesposa –al darse cuenta de que a nuestro hijo solamente le interesaba jugar con el animal– se abrogó la responsabilidad de cuidarla con mucho esmero.

A esta linda perra la conocí en la última de las visitas regulares que yo hacía cada mes, porque recuerdo que pasó casi un año para volver a verla. Y a pesar de que no me veía muy seguido, y a pesar también de que yo no era muy efusivo con ella, me dio muestras de un afecto tan grande que me impactó mucho más que un montón de personas.

Pero después de siete años de disfrutar de su compañía, Susie se murió, causándonos mucha tristeza. Su muerte se debió a que nunca pudo reponerse después de sufrir un grosero ataque por parte de otro perro de la vecindad con el que solía jugar. De nada sirvieron los mayores cuidados que se le proporcionaron y luego de varios días de silencioso padecimiento, murió. Fue enterrada en una esquina del solar de la casa, y sobre su tumba ahora crece una planta de flores bonitas que permitirán rememorarla. Por mi parte, yo quise escribir esto, para expresar mi sentimiento de pesar que fue revivido al evocarme este suceso aquel pequeño perrito que quedó sepultado en el solar de la casa donde yo pase mi infancia.

jueves, 22 de marzo de 2018

Mujeres Contra del Poder Corporativo Dicen “No a la Privatización del Agua”





En el contexto de la celebración del Día Mundial del Agua, un grupo de mujeres en contra del poder corporativo desarrollaron un foro en el Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada, en el que exhortaron a las autoridades del Estado salvadoreño a no permitir la privatización del recurso hídrico.

“No queremos la privatización del agua. Esto vendría a violar los derechos humanos de la población salvadoreña. No es posible que la gran empresa se adueñe de los recursos que nos pertenecen a todos. Instamos al Estado a que eleve la Ley de Agua en la Carta Magna como un derecho humano”, expresó la Directora Ejecutiva del CESTA, Silvia Quiroa.

Ella enfatizó que es importante reflejar la lucha que la mujer realiza en las diferente sociedades el mundo por defender las injusticias del sistema patriarcal. Quiroa señaló, además, que es tiempo de reflejar un modelo de opresión donde la visión de la mujer ya no esté desarrollando papeles secundarios, como lo ha sido a través de la historia.

CESTA argumentó que a nivel centroamericano existen mujeres que se han opuesto ante el poder corporativo, mujeres que incluso han sido asesinadas por sicarios, por el hecho de defender los recursos de la madre naturaleza; un caso de éstos fue el de Berta Cáceres, quien fue asesinada en Honduras el 3 de marzo de 2016.

Marta Muñoz otra participante de dicho foro indicó que hay estudios regionales donde se revelan varias opiniones de mujeres que se oponen ante las malas prácticas de la empresa  privada que violan principalmente los derechos de la naturaleza y de las mujeres.

“Para el caso de El Salvador es urgente que se tenga una declaratoria en la Constitución de la República; una Ley General de Agua que reconozca que el vital líquido es un bien que nos llegue a todos. No es posible que empresa privada como la Coca Cola sigan extrayendo cantidades del recurso hídrico y deje a las comunidades de Nejapa sin agua; por lo tanto es necesario que los tomadores resuelvan este tipo de situaciones que en un futuro vendrán a afectarnos a todos”, afirmó Muñoz.

Ante esto, el grupo de mujeres que están en contra de las malas prácticas que ejecutan las instituciones de la empresa privada estarán expectantes a las decisiones que tome la actual y nueva Asamblea Legislativa en cuanto a la discusión de la Ley General de Agua, la cual se encuentra entrampada desde más de una década.

Fuente de la Información:
Voces.org.sv